viernes 27 de noviembre de 2009

Sam Agustin

Viernes 27 de noviembre
Teatro: “Loco de amor” (1983)
Autor: Sam Sheppard (1943)
Ganador: Agustín Alezzo
Premio: “Yo también fui un espermatozoide” / “¿Quién, yo?”, de Dalmiro Sáenz, Capital Intelectual

"Dramaturgo y actor estadounidense. Nació en Fort Sheridan (Illinois), y estudió en el San Antonio Junior College. En Nueva York escribió las obras de teatro de un acto Cowboys y El jardín de piedra, puestas en escena (1964) por la compañía Off-Off-Broadway. A la primera obra de teatro larga, La turista (1967), siguieron Operación Sidewinder (1970), La maldición de la clase hambrienta (1976), Niños enterrados (1978), ganadora del Premio Pulitzer, Loco de amor (1983) y Mentira mental (1986), entre otras. Shepard se hizo famoso por sus argumentos oblicuos y personajes algo misteriosos, así como por sus imágenes, en las que se entremezclan el Oeste americano, temas del arte pop, la ciencia-ficción y otros elementos de la cultura popular. Sus obras de teatro abordan tanto problemas de la sociedad moderna como de la alienación individual y los destructivos efectos de las relaciones familiares. Pero quizá sea en sus libros, mezcla verso y prosa, donde consigue una voz más característica Luna Halcón (1981) y Crónicas de motel (1982). Shepard escribió con Michelangelo Antonioni el guión de Zabriskie Point (1970), así como el de la película París, Texas (1984) de Wim Wenders. También ha actuado en varias películas, como Días del cielo (1978), Frances (1982), Elegidos para la gloria (1983), Loco de amor (1985) y otras."

jueves 26 de noviembre de 2009

Timba y Literatura - Reflexiones

Timba y Literatura – Parrafus interruptus

El timbero analítico
Las características mentales de las personas “analíticas” son, en sí mismas, muy difíciles de analizar. Nuestro conocimiento de ellas se limita a apreciar sus efectos y el vivo goce que produce a sus poseedores. Así como los fortachones se entusiasman con sus aptitudes físicas, el analista-deductivo se deleita en su actividad mental de desembrollar. Esos tipos obtienen placer hasta de las cosas más triviales donde ponen en juego sus talentos: resolver palabras cruzadas, acertijos, jeroglíficos; hacer la claringrilla o acertar en el Parrafus interruptus. Es ahí donde ponen en juego su agudeza, intuición, método o lo que diablos sea que al resto de los mortales aparece como sobrenatural.
A primera vista parecen aptitudes emparentadas con las matemáticas y las probabilidades, pero calcular no es lo mismo que analizar. Un jugador de ajedrez, por ejemplo, hace lo uno sin esforzarse en lo otro. Más agradable es el juego de damas y ni qué hablar el juego por antonomasia, el que tiene todos los ingredientes para hacer felices a analíticos, lanceros, intuitivos, mentirosos, observadores, distraídos, sinceros, ingenuos, crédulos o ateos: el truco.
Para el Parrafus interruptus hay mucho que aprender allí. Una palabra casual o inadvertida, el carraspeo accidental del conductor o cualquier otro elemento que arrime un poco de certidumbre, debe ser aprovechado. Sin ir más lejos, estas palabras, podrían ser una pista, una señal o la obra de un escritor consagrado o el lamentable producto de un intento de intervenir en el esquivo mundo de la quiromancia o de las letras.

El jugador compulsivo:
Llevado al extremo, el jugador compulsivo es el que juega en dos mesas a la vez y no se permite ver el número premiado. En la versión Parrafus interruptus, si hubiera dos líneas de teléfono, se tiraría lances por ambas a la vez y no llegaría siquiera a disfrutar ni la lectura ni el acierto o alegría del agraciado. No es para preocuparse, es sólo la descripción de casos extremos y excepcionales. A las personalidades compulsivas les resulta difícil contenerse. “Si pudiera dominarme durante una hora, sería capaz de cambiar mi destino.” dijo Alejandro I. un conocido de varios de ustedes.

El habitué:
El habitué juega por placer, como una forma de vida, como quien escucha su música preferida y, por costumbre también. Como esos vecinos de mi pueblo que no se perdían un solo día de truco en el Cine Central o en el Club Progreso, las carreras cuadreras de antaño y, cosas de la modernidad, una vichada diaria al blog La Pulpera. Hasta el comisario Lazo participaba, y está probado que nunca hubo tanto orden ni tanta paz en La Playosa. Después llegaron la TV por cable y estos facciosos de TN y comenzaron los escándalos, los rateros y la gente anda todo el día con el Jesús en la boca. Saquen ustedes las consecuencias filosóficas de este hecho experimental.


Dejo por hoy estas reflexiones, aunque quizá algún lector haya sospechado ya, que así como “el diablo mete la cola” sin que lo llamen, es muy posible que algunos autores, se hayan colado, como para averiguar, de puros curiosos, como se teje la urdimbre de esa conjunción irracional de pasiones, literatura, timba, cuentos, novelas, teatro y la poesía cruel de ese milagroso programa que se llama Parrafus interruptus.


Se agradece la desinteresada participación y ayuda de:




Altasor, de Bisente Uidovro

Jueves 26 de noviembre
Poesía: “Altazor” (1931)
Autor: Vicente Huidobro (1893-1948)
Ganadora: Verónica Cornejo
Premio: “Memorias de otra princesa rusa”, de Elizaveta Mujailovna, Ediciones de La Flor

Efectivamente, el Creacionismo es una de las vanguardias más interesantes aparecidas en Latinoamérica, aunque lo cierto es que, exportada por el propio Huidobro, tuvo grandes representantes en la península, como Gerardo Diego y Juan Larrea. Además, en este caso, venía a simultanearse la existencia de una estética y una poética formuladas desde el plano teórico con las altísimas cotas literarias logradas en el plano de la escritura poética. Quizá el lugar donde Vicente Huidobro recopile de una manera más detallada y sistemática todos los principios de este movimiento sea en su manifiesto «El Creacionismo», aparecido por vez primera en francés en su libro Manifestes (1925). Allí, en primer lugar, justifica la existencia del Creacionismo antes de su llegada a París: «El creacionismo no es una escuela que yo haya querido imponer a alguien; el creacionismo es una teoría estética general que empecé a elaborar hacia 1912, y cuyos tanteos y primeros pasos los hallaréis en mis libros y artículos escritos mucho antes de mi primer viaje a París». Pero, después de esa justificación, no tarda en presentar su receta particular de lo que ha de ser un poema creacionista: «El poema creacionista se compone de imágenes creadas, de conceptos creados; no escatima ningún elemento de la poesía tradicional, salvo que en él dichos elementos son íntegramente inventados, sin preocuparse en absoluto de la realidad ni de la veracidad anteriores al acto de realización». Sin embargo, lo que más interesa de la formulación teórica de Huidobro es su propuesta de poesía universal, y, por tanto, traducible, lo que nos permite comparar esta concepción poética con la defendida por Ezra Pound, quien, al igual que Huidobro, aunaba la aportación teórica con la producción poética: «Si para los poetas creacionistas lo que importa es presentar un hecho nuevo, la poesía creacionista se hace traducible y universal, pues los hechos nuevos permanecen idénticos en todas las lenguas». De todas maneras, es al final de este manifiesto donde Huidobro se ratifica en su idea del poeta como creador -equiparable, por tanto, a Dios-, de ahí que tome las palabras que ya había publicado en Horizon carré: «Hacer un poema como la naturaleza hace un árbol».
Sin duda, el poema que mejor puede justificar toda la formulación teórica del Creacionismo es Altazor o el viaje en paracaídas, reconocido unánimemente como la obra maestra de Vicente Huidobro. Aunque publicado en 1931, este extenso poema-libro comenzó a gestarse en la temprana fecha de 1919, poco tiempo después de que el poeta chileno entrara en contacto con la intelectualidad madrileña tras haber pasado previamente por París. Altazor está dividido en siete cantos precedidos por un «Prefacio» en prosa. Lo cierto es que, aunque se reconoce su importancia intrínseca, la crítica ha trazado líneas de interpretación de carácter divergente, una de las cuales aborda la lectura del poema como un camino hacia la invención de un nuevo lenguaje poético. Así, el canto I -que consta de 684 versos- supone una identificación de Altazor con Dios; el canto II -de 170 versos- está dedicado a la mujer amada y es, en realidad, un largo poema amoroso; en el canto III -160 versos- Huidobro nos abre el camino para la desarticulación del lenguaje; el canto IV -339 versos- se basa especialmente en el uso de la sintaxis, llegando a un lugar de ruptura total con el significado; en el canto V se desarrolla, a lo largo de 637 versos, la idea de poesía como juego; el canto VI -175 versos- ya supone la ausencia de significación, aunque el léxico es todavía familiar; y, por último, el canto VII -67 versos- llega al lugar donde el lenguaje se inventa y lo único que se respeta es el sistema fónico, pero liberado de toda significación, radicalizando algunos de los presupuestos del Cubismo literario y llegando hasta el descalabro significativo, esto es, hasta un lenguaje poético abstracto, para lo cual ha empleado el plazo establecido por esos siete cantos que pueden recordar sin violencia los siete días de la Creación enunciados en el Génesis.

Y es que, no en vano, Altazor ha sido, de todas las obras de Huidobro, la que ha despertado mayor interés para la crítica. Junto a su faceta como poeta y teórico del arte, en general, y de la poesía, en particular, se pueden destacar las diferentes aportaciones de Vicente Huidobro al campo de la novela, género que también intentó renovar (Mío Cid Campeador, 1929; Papá o el diario de Alicia Mir, La próxima, y Cagliostro, todas de 1934; Tres novelas ejemplares, 1935, en colaboración con Hans Arp), y, del mismo modo, no deben olvidarse sus diferentes incursiones en la dramaturgia (Gilles de Raiz, 1932, y En la luna, 1934). Huidobro, en definitiva, dedicó toda su vida a la literatura, lo que le permitió moverse con soltura dentro de los distintos géneros, aunque bien es verdad que alcanzaría su epicentro creativo durante la gestación y posterior publicación de Altazor, esto es, durante el período que va de 1919 hasta 1931, coincidiendo con los años más brillantes de las diferentes vanguardias, a las cuales contribuyó con su imprescindible Creacionismo, de factura propia, aunque heredero, sobre todo, del Cubismo literario y del Futurismo.

(www.cervantesvirtual.com)

miércoles 25 de noviembre de 2009

La lengua viperina

Miércoles 25 de noviembre
Novela: “La lengua del malón”
Autor: Guillermo Saccomano
Ganador: Fernando Terreno
Premio: “Cuentos escogidos”, Scholem Aleijem, Libros del Zorzal


De Guillermo Saccomano recuerdo su firma en algunas historietas de las revistas de Columba (El Tony, D´artagnan, Fantasía), en los años ´70. También supe más adelante que algunos de los seudónimos de los guionistas de allí eran suyos. Como cuentista o novelista, no lo leí. Hace un tiempo casi me compro “El buen dolor”, muy celebrada en su momento por la crítica. El tema de esa novela (la pérdida del padre) me interesó, pero, cuando la hojeé en una librería donde apareció en las mesas de ofertas, el entusiasmo se me quitó. Recuerdo que también estaban en esa mesa “La lengua del malón” y otra cuyo título no recuerdo. También las hojeé y supe de su asunto por las contratapas; no me entusiasmaron para nada. De todos modos, me enteré esa vez de que Gómez era un personaje principal en una cierta saga; anoche, en cuanto escuché ese apellido pensé en Saccomano, pero el título que vino a mi memoria fue uno de Dalmiro Sáenz, creo: “Malón blanco”. Además, Fernando llamó primero.
Lo que leí a lo largo de los años fueron sus reseñas o artículos en ‘Radar’. Que ahora, cuando el destino traiga a mis manos alguna otra vez ese suplemento, leeré con cierta prevención: anoche, el autor contó que hace años se instaló en Gessell para alejarse del “cotilleo”, “gallinero”, “chusmerío” de los suplementos literarios; del cual, dijo, “no soy inocente”.
De todos modos, si algún día reaparecieran sus libros en oferta –si ya lo hicieron no lo sé, este año no pude ir ni una vez a las librerías de Corrientes-, tal vez los compre; después de escucharlo anoche, creo que es un autor que hay que leer. Además, emparejó mi concepto acerca de él la admiración que le declaró el compañero Terreno.

martes 24 de noviembre de 2009

¿Laguna? ¿Lagunas? ¡Alberto Mares!

Martes 24 de noviembre
Poesía: “Mares”
Autor: Saint John Perse (1887-1975)
Ganador: Alberto Lagunas
Premio: “Tiempos oscuros”, de Juan Ignacio Iribarne, Urano


“Saint-John Perse, fue el seudónimo de Alexis Saint-Léger Léger (1887-1975), poeta y diplomático, quien obtuvo en 1960 el Premio Nóbel de Literatura.
En una de las islas de Guadalupe, en un pequeño islote de nombre Saint-Léger-les Feuilles nació Saint John Perse el 31 de mayo de 1887.
Realizó estudios universitarios en Burdeos y París. Cursó letras, derecho y medicina. Al margen de los estudios oficiales, hizo investigaciones de geología y botánica.
Fue Diplomático a partir de 1914. Fue representante en China.
Entre 1932 a 1940 fue Secretario General de Asuntos Exteriores.
A raíz de la ocupación alemana en Francia, en 1941, se exilió a Estados Unidos.
Bajo elseudónimo de Saint-John Perse, Léger obtuvo el Premio Nóbel de Literatura en 1960.
Falleció en Giens el 20 de septiembre de 1975.
Su obra poética es escasa, pero muy admirada por la crítica; y trata principalmente de la soledad y el exilio. “

Obras en castellano:

• (1946) Elogios y otros poemas. (Para celebrar una infancia. La Gloria de los reyes. Imagenes para Crusoe. Escrito en la puerta). B. Costa-Amic, Mexico, versión de Jorge Zalamea.
• (1946) Lluvias. Nieves. Exilio. Milano, versión de Jorge Zalamea.
• (1949) Anábasis. Universidad nacional de Colombia, Bogotá, versión, prólogo : "La Consolación poética" y notas de Jorge Zalamea, ilustraciones de Giorgio de Chirico.
• (1957) Anábasis. Ediciones Rialp, versión, prólogo y notas de Agustín Larrauri.
• (1960) Vientos. Bogota, versión de Jorge Zalamea.
• (1961) Crónica. Alliance française, Quito, traducción en español de Filoteo Samaniego con la colaboración de Jacques Thieriot, illustraciones de Juan Espinosa.
• (1976) Pájaros y otros poemas. Alberto Corazón..
• (1983) Anábasis. Visor Libros, Visor de Poesia, n° 164, Madrid, version de José Antonio Gabriel y Galan.
• (1983) Anábasis y otros poemas (Para celebrar une infancia, Amistad del Principe, Imagines para Crusoe, Exilio, Mares = Estrechos son los bajeles). Ediciones Orbis, Los Premios Nobel, 12, versión de Jorge Zalamea.
• (1985) Anábasis y otros poemas. Ediciones Orbis, versión, prólogo y notas de Agustín Larrauri.
• (1988) Poemas (Anábasis, Exilio, Crónica, Canto para un equinoccio). Lumen, Barcelona, Poesia, n° 57, version y prologuo de Enrique Moreno Castillo.
• (1994) Pájaros y otros poemas. Visor Libros.
• (1997) Pájaros. Editorial Pre-Textos.
• (1997) Senales de mar, Canto VI. La Mejor Poesia (Hector Yanover), Seix Barral, Buenos Aires, p. 323-326.
• (1997) Canto para un equinoccio, Antología poética (Escrito en la puerta, Imagenes para Crusoe, Para celebrar una infancia, Elogios, La gloria de losreyes, Recitacion prara el elogio de una reina, Amistad del principe, Histotal del regente, Cancion del heredero, Cancion de cuna, Anábasis, Sequia, Canto para un equinoccio, Nocturno, Cantado por la que estuvo alli, Poesia). Monte Avila Editores Latinoamericana, Caracas, version de Luis Miguel Isava.
• (1999) Elogios, seguido de La gloria de los Reyes y Exilio. Alción, Cordoba, version de Javier Zugarrondo.
• (1999) Pájaros. El Tucán de Virginia, Mexico, version de Verónica Volkow.
• (2004) Obra poética completa (2 tomos). Pontificia Universidad Católica del Péru, Lima, El manantial oculto, n° 44, version de Jorge Zalamea.
• (2006) Elogios [Éloges]. Ediciones Era, Mexico, version de José Luis Rivas.

lunes 23 de noviembre de 2009

Siguiendo con Pedroni o ¡Un texto propio!

(Nueva colaboración AnóniMa)

Marcelo,
A vos, que te gustan tanto los enigmas y las casualidades, te cuento esto:
Hace unos meses me reencontré con un viejo amigo, mío y de mi marido, que no veía hace años.
Desde que nos reencontramos hablamos con frecuencia.
El lunes, recordando viejas cosas, me contó que mientras estudiaba Ingeniería sucedió el golpe de Onganía y que él con un grupo de integrantes del Centro de Estudiantes se dedicaron durante varias semanas a pegar una poesía en paredes, baños y los alrededores de la facultad. Hablábamos en realidad de la inocencia de una época remota, mezclando nostalgia y perplejidad por el presente.
Me dice entonces: "me acuerdo del poema pero no del autor" y me lo recita. Es, por supuesto, Pedroni y yo le comento: "es un poeta muy contradictorio pero a mí me encanta su obra".
Esta es la poesía que a modo de proclama distribuían los jóvenes activistas de entonces:

La hoja voladora
Derribarás un árbol, dos, tres, cuatro,
pero la hoja no.
Siempre hay una hoja que se salva
y vuela bajo el sol.
Encerrarás un ave, dos, tres, cuatro,
pero su canto no.
Hay dos cosas eternas como el aire:
la idea y el amor.
La hoja de la imprenta de Sarmiento
era igual que su voz.
Entraba por debajo de las puertas
como el grillo y el sol.
El tirano quería detenerla,
pero no pudo, no.
En su propio bolsillo la encontraba,
en el de su reloj.
Si la quemaba, se volvía llama.
Si la rompía, se volaba en dos.


El martes, sintiéndose convocado, apareció por radio Nacional.
Un abrazo.

Esto hay que leerlo

Lunes 23 de noviembre
Novela: “Las ninfas” (1975)
Autor: Francisco Umbral (1932-2007)
Ganador: Marcelo Perenchio
Premio: “Primer amor, últimos ritos”, de Ian McEwan, Anagrama (sujeto a cambio)

LAS NINFAS

Del prólogo:

(…)
“Un adolescente es un proyecto de adulto que fracasa todos los días para volver a empezar, y mientras que el romanticismo de mi primo le permitía simultanear el laúd, los versos, el amor, el bigote, el sentimiento y la vida, mi cartesianismo naciente, mi intelectualismo incipiente y mi cobardía congénita me llevaban por el camino del orden: así que yo era la posibilidad de un bigote, la posibilidad de un laúd, la posibilidad de un soneto, la posibilidad de un amor. Yo era pura posibilidad. Más que un bigote, yo era la ausencia de mi bigote. Más que nada yo era -parafraseando a los modernistas españoles que por entonces empezaba a leer- mi melena rubia y el bigote que me faltaba. Yo no era nada.
Nadie.
Sabíamos, sin haber leído aún a Baudelaire, que hay que ser sublime sin interrupción. Baudelaire, aquel eterno adolescente, lo había escrito para nosotros, pero aún no lo habíamos leído, y era como si no lo hubiera escrito. Yo quería ser sublime sin interrupción, y cada mañana acuñaba mi sublimidad, pero el día la iba llenando de interrupciones: la interrupción del estudio, del trabajo, de algún recado familiar (todavía) e incluso la interrupción del sexo, del cuerpo, del retrete, del erotismo, que entonces no era ninguna de esas cosas y era todas a la vez.”
(…)

Del primer capítulo:

“Era la edad de leer a los poetas orientales, cuanto más orientales mejor. Yo leía por entonces a Omar Khayam, y Omar Khayam decía: «En ti mismo están cielo e infierno». En mí mismo estaban cielo e infierno, o, cuando menos, dentro de mi misma casa.
Porque todo tiende -la ciudad, el hogar, el hombre- a reproducir esa estructura dual y antagónica que en los libros chinos de mi primo se llamaba el ying y el yang, de modo que al otro extremo de la casa, y como contraposición a la habitación azul, estaba el retrete, el cuarto horrible de las defecaciones y las masturbaciones. Entre el retrete y la habitación azul, entre la sublimidad y la necesidad, todo el resto de la casa, habitaciones grandes con muy pocos muebles, habitaciones pequeñas reventonas de muebles, pasillos largos y sin gente, pasillos cortos y superpoblados, toda la acumulación de viejas, viejos, parientes, padres, madres, tías, niños, visitas, recaderos y monjas que es un hogar. De modo que yo era la sombra errante y solitaria que oscilaba entre la habitación azul y el retrete, entre el cuarto exento y sublime de las lecturas y las músicas, y el cuarto vertical y oloriento de la masturbación y el desnudo.”

¡Cáspita!
Sin represión: ¡Mierda!
¡Esto hay que leerlo!
No ha sucedido muchas veces que me entusiasme tanto con uno de los libros que nos acerca nuestro conductor. Mejor dicho: otras veces, los libros que Hugo nos descubre no son tan fáciles -baratos- de conseguir. A este, buscando en la Internet algo sobre su autor, me lo encontré completo. Y creo que jamás aquel cuidadoso, casto, reprimido anticipo promocional de las últimas páginas de los volúmenes de la Emece de los ´70 me hubiera hecho sospechar la potencia de esta novela. Sólo agradezco que allí se citara textualmente la frase inicial, que, siendo por sí misma muy sugerente, pude memorizar y recuperar sin problemas.
Aunque no es recomendable leer tanto en la computadora –y no tengo impresora- hoy mismo –tal vez a destiempo- la empiezo.

Sobre Francisco Umbral:

“Todos le conocemos como Francisco Umbral, pero en el Registro Civil consta como Francisco Pérez Martínez. En sus biografías oficiales se cuenta que fue el 11 de mayo de 1935 su fecha de nacimiento, pero recientemente ha aparecido una obra, concretamente un ensayo no autorizado de la profesora Anna Caballé, en el que asegura que nació tres años antes.
“Hijo de Ana María Pérez Martínez, nació en Madrid pero pasó su infancia y adolescencia en Valladolid, provincia de origen materno. Concretamente en la localidad de Laguna de Duero transcurrieron sus cinco primeros años. Francisco comenzó tarde su formación escolar, a los diez años, pero con once dejó sus estudios - mejor dicho, le echaron - para no volver a retomarlos de forma oficial. Tres años más tarde empezó a trabajar como botones en un banco.
“Estudiante autodidacta, la literatura para él se convirtió en una verdadera maestra. Ya desde muy niño leía todos los libros que caían en sus manos, desde novelas de aventuras hasta las obras de los autores de la Generación del 98. Y de ávido lector se convirtió en escritor, al principio con poesía. Sus primeros pasos literarios se vieron publicados en la revista Cisne, del S.E.U.
“Umbral comenzó en el mundillo informativo en 1958 de la mano de Miguel Delibes, por aquel entonces director de El Norte de Castilla, y en ese diario se formó como periodista. Luego se trasladó a León, donde trabajó para diversos medios, como la emisora La Voz de León y en el periódico Proa.
“A comienzos del año 61 dejó las tierras castellanas para instalarse definitivamente en Madrid, donde desarrolla su intensa actividad periodística y literaria. Como escritor ha forjado su faceta en distintos géneros como novela, ensayos, poesía, cuentos, biografías, e incluso teatro, pero en este último género no ha tenido éxito.
“Casado con la fotógrafa María España Suárez Garrido en 1959, tuvo un hijo - Pincho - que falleció con tan solo seis años de leucemia. Este acontecimiento marcó enormemente su vida, como se demuestra en su obra 'Mortal y Rosa' (1975), considerada además por los críticos como una de las obras literarias más importantes de la segunda mitad del siglo XX.
“La salud de Umbral se deterioró mucho en agosto de 2003. Una neumonía, consecuencia de una operación intestinal practicada un mes antes, le llevó de urgencia a la Unidad de Cuidados Intensivos de la clínica Nuestra Señora del Rosario de Madrid. Tiempo después salió de la clínica totalmente recuperado y ha seguido con su intensa actividad literaria y periodística
“El escritor madrileño obtuvo en 1975 el Premio Carlos Arniches de la Sociedad General de Autores; un año después el Premio Nadal por su obra 'Las Ninfas'. Fue premio César Ruano de Periodismo en el año 1980 por su artículo 'El trienio', publicado durante su etapa en el País; y finalista del Premio Planeta en 1985 con 'Pío XII, la escolta mora y un general sin un ojo'. En el 90 sus trofeos fueron varios, el Mariano de Cavia por su artículo periodístico 'Martín Descalzo', ya de su etapa en El Mundo y el Premio Antonio Machado con su narración corta 'Tatuaje'. En el 92 su novela 'La leyenda del César visionario' obtuvo el Premio de la Crítica 1991. “

(www.canales.nortecastilla.es)

domingo 22 de noviembre de 2009

Yo soy mi propia preferida

Viernes 20 de noviembre
Novela: “Ciencias morales” (2008)
Autor: Martín Kohan (1967)
Ganador: Marcelo Perenchio
Premio: “Ciencias Morales”, editorial Anagrama

Busqué y encontré en casa de mi vieja el libro donde supe de Hebe Uhart. Es un volumen del Centro Editor de América Latina, de 1992, titulado “El cuento argentino (1959-1970)”. A pesar de esta pauta cronológica, el cuento de Uhart (“El viejo”) pertenece a un libro de 1973: “La gente de la casa rosa”. Y encontré también, al repasar ahora esa antología, que “El viejo” es uno de los dos cuentos que nunca había leído; el otro es “El mundo, una vieja caja de música que tiene que cantar”, de Héctor Tizón.
Esas cosas de los lectores… Sobre todo con las antologías, uno hojea, empieza uno, empieza otro, se engancha con este, después con aquel, algunos quedan para otro momento, y a veces ese momento no llega a tiempo; aparece otro libro en nuestras manos, el tanteo o el enganche se renueva, y el anterior va a parar al anaquel, para repasar en un futuro. De esta antología del CEDAL recuerdo que la compré (el 24 de abril de 2003, según puse en la última página) porque incluye el cuento “Nota al pié”, de Rodolfo Walsh, que siempre había querido leer.
El de Hebe Uhart lo leí hace un rato, en mi guardia laboral correspondiente a la noche del viernes. Y acá, en el banco, tenía para terminar “La luz de un nuevo día”, comprado el 15 de octubre último, cuando me saltó a los ojos desde una mesa de ofertas y pensé: “Esta es una autora que todavía no se leyó en Párrafus”.
Más allá de aquel cuento aislado (y no leído) y la breve nota biográfica que lo acompaña, supe en los últimos años, a través de suplementos culturales o alguna entrevista radial, que Uhart es una autora importante, reconocida sobre todo como cuentista. Pensé que seguramente en esta faceta sería convocada por Hugo, y me compré “La luz de un nuevo día” esperando que un cuento de ahí fuera el elegido. Y así fue. Este martes, la convocatoria se produjo, y no sólo con su cuento “Leonor”, sino con ella misma en la otra línea telefónica para conversar con el asombrado ganador.
Las alternativas de la charla no voy a reseñarlas. Ahí están los audios del programa para quien se lo haya perdido o quiera revivirlo. A cambio, copio la nota con la que se presenta a la autora en aquella antología.

HEBE UHART – Nació en Moreno, provincia de Buenos Aires, en 1936, pero reside desde hace años en la Capital. Es egresada de Filosofía de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Buenos Aires. Trabajó como maestra, profesora, bibliotecaria y vicedirectora de una escuela primaria estatal. Sus volúmenes de cuentos son: “Dios, San Pedro y las almas” (1962), “Cuentos (1963), “Eli, Eli, Iamma Sabacthani” (1964), “La gente de la casa rosa” (1973) y “El budín esponjoso” (1977). Publicó también el relato breve “La elevación de Maruja” (1974) y en 1970 el Teatro del Centro estrenó su pieza “Un pájaro gris, medio gordo, de pico corto”. En “A manera de prólogo”, página que precede a “La gente de la casa rosa”, relaciona el nacimiento de su vocación literaria con un cambio ocurrido en su adolescencia: “Aborrecí de toda mi infancia, de mis bailes, recitados, juegos a la pelota y de carnaval, y me convertí en una especie de pensadora, vestida siempre de oscuro. Esta actividad duró mucho tiempo, demasiado, diría yo. De este curioso cambio proceden estos cuentos, ya que cuando era chica sólo escribía cuando estaba absolutamente aburrida, nunca si había algo para mirar, comer, leer y fundamentalmente alguien con quien jugar”.

Y por reconocer “Leonor” me gané otro libro de Uhart: “Turistas”, de 2008. Ayer, jueves, lo fui a buscar a la radio, y ya leí, entre anoche y hoy, seis de los nueve cuentos. Lo que no había leído era la contratapa del bello volumen de Adriana Hidalgo editora. Casi nunca leo solapas o contratapas de los libros que compro, para no condicionar mi lectura con las reseñas u opiniones que allí suelen encontrarse. Pero me había fijado quiénes firman las tres notas que presentan “Turistas”. Uno es Rodolfo Fogwill. A otro no lo nombro porque todavía debe aparecer en Párrafus. Y el otro es Martín Kohan.

Esa coincidencia, sin embargo, no se me representó anoche, cuando gané con la novela de Kohan “Ciencias morales” y pude también saludar al autor. Lo que recordé de su obra es un viejo cuento llamado “Bolívar y Moreno”; en realidad, él debió ayudarme a precisar la esquina del título, y también el título exacto de otra de sus novelas: “Museo de la revolución”.
Aquel cuento se editó junto a otros que participaron y ganaron en el “Concurso nacional para jóvenes narradores Haroldo Conti (1997-1998)”. Pero la edición no la hizo Desde la gente, como yo dije, sino Editorial La Página, y el libro se entregaba con Página/12.
En el índice veo otros nombres de esos jóvenes de ayer que más adelante se destacaron en el mundillo literario o afines: Patricia Suárez, Diego Golombek, Patricio Pron. Y el prólogo, como dije anoche, lo firma otro autor que todavía no se leyó en Párrafus y, por tanto, no volveré a mencionar.
Lo que hice de nuevo fue leer “Bolívar y Moreno”. También esa antología de narradores noveles me traje hoy de casa de mi vieja. El cuento de Kohan es gracioso, en los dos sentidos. Es graciosa la idea; aunque el asunto sea dramático, podría ser un sketch de un programa humorístico. También tiene algo de humor en la reiterativa puntillosidad del narrador. Pero digo ‘gracioso’, además, por la gracia –en el sentido de encanto y elegancia- de la escritura de Kohan.
Se relata, desde el punto de vista de uno de ellos, la noche que dos matones se pasan esperando a su víctima. Uno, el narrador, está al acecho en un portal de la calle Moreno. El otro, aguarda en las escalinatas del colegio de la calle Bolívar. La presa saldrá de un edificio que está sobre Moreno. Si llega a la esquina y sigue derecho, será blanco del narrador. Si dobla por Bolívar, le disparará el otro. Pero el tipo llega a la esquina, se agacha a atarse un cordón y cuando se incorpora no da un paso más. Pasa toda la noche ahí parado y así salva su vida. El narrador no se explica qué pudo detenerlo, y todo el cuento es un monólogo en el que quiere convencerse –a sí mismo y al doctor Meneses, su patrón- de que el plan era perfecto.
Más allá de lo graciosa que me resulta la anécdota, me parece que debe haber otra lectura posible entre líneas. Los nombres de los próceres de esa esquina, la mención de un par de batallas de la independencia, el apelativo de la víctima (el Gitano), me hacen suponer que puede existir una metalectura historiográfica, o cosa por el estilo. Pero para desentrañar semejante cosa hay que ser un crítico hecho y derecho, o profesor de literatura, como lo es Kohan, o al menos egresado del Nacional Buenos Aires. Y yo soy un simple lector de Párrafus Interruptus.

Este cuento que recordé de Kohan transcurre, como él destacó, en la esquina del Colegio Nacional, y “Ciencias morales”, la novela que pude adivinar, tiene como principal escenario esa misma casa de estudios. Resulté un inesperado nexo entre esas dos obras y, como me dijo el autor, estaba destinado a leer su última novela. Veremos de qué se trata (más allá de lo que me enteré cuando ganó el premio Herralde) y otro día les cuento.
Lo que me acordé después de cortar la comunicación fue donde y cuando había escuchado hablar por última vez de esa novela. Fue el lunes, en la mismísima radio Nacional, en el programa de Sandra Russo, “El nombre de las cosas”. Allí, la columnista Mariana Enriquez, reseñando libros que tuvieran que ver con el tema de la semana -la educación-, habló de las novelas “Juvenilia”, el clásico de Miguel Cané, y la premiada “Ciencias morales”, de Martín Kohan.

Volviendo a Hebe Uhart, diré que, hasta ahora, “La luz de un nuevo día”, de 1983, me gusta más que “Turistas”. Volví a leer “Leonor”, ahora que la autora nos contó que está inspirado en una mujer que trabajaba en su casa. Es una mujer del Chaco, casada por su madre con un polaco grandote y atemorizante, madre muy pronto de tres hijos, uno de los cuales, también muy joven, se viene para Buenos Aires a trabajar. Al tiempo, se vienen también Leonor y las hijas. Se instalan todos en Paso del Rey, partido de Moreno. Ella conoce en el baile a un rubio, más joven, que dice ser hijo de franceses; con él tiene otra hija, Sandra, la que quiere bailar como Rafaela Carrá… Es toda una saga familiar en unas pocas páginas, contada en gran medida con el vocabulario y la segmentación narrativa propia de la idiosincrasia del personaje. Ahora, en “Turistas”, encuentro un relato de parecido tenor, “Bernardina”, pero está en primera persona y aparece un poquito recargado o estereotipado. Sin embargo, lo que dice Kohan sobre Uhart en la contratapa es que “la suya resulta entonces una literatura de la experiencia, pero de una experiencia de baja intensidad, siempre módica: tal vez por eso su literatura podría admitir, en este sentido, el atributo de minimalista. Es Uhart quien no lo admite: ‘¿Quién dictamina qué cosas son mínimas o máximas? No hay jerarquía de lo que es importante para escribir. La importancia la da el que escribe.’”
Honesto, Kohan, dándole la palabra a la autora en el final de su comentario.
El comentario de Fogwill en esa contratapa, en cambio, es una sola frase: “Hebe Uhart es la mejor escritora argentina”.

TRES APOSTILLAS

1) Respecto del record de mínima demora en reconocer a los autores con los que se charló a lo largo del ciclo, debe decirse que los 17 segundos de Kohan empatan la marca de Ricardo Monti, con cuya pieza “Marathón” ganó el compañero oyente Fernando Terreno.

2) “La luz de un nuevo día”, y también la novela “Mudanzas”, puede comprarse a 8 pesos en la librería de avenida de Mayo al 900. En la contratapa del volumen de cuentos puede verse una foto de Hebe Uhart, tomada de perfil y un poco desde arriba, en blanco y negro, donde la encuentro muy parecida a Bjork, la cantante islandesa de pop y también actriz.

3) Escribí el jueves que esta semana habían ganado mis oyentes preferidos, y que sólo faltaba que esa noche apareciera mi preferida de entre las damas. Así sucedió, completándose entonces para ‘nosotros’ una semana… ¡divina!

jueves 19 de noviembre de 2009

Los exitosos

Jueves 19 de noviembre
Teatro: “Los fracasados”
Autor: Henri Lenormand (1882-1951)
Ganador: Mario Tsolakian
Premio: “Los fracasados – La inocente”, de Henri Lenormand, editorial Losada


Falta esta noche, la del desempate (hasta ahora tuvimos una lectura de cada género), pero ya puedo decir que en esta semana aparecieron en el aire –o no- mis oyentes preferidos: Roberto López Motta, Mario Tsolakian, Marcelo Perenchio y el abnegado, humilde o tímido desconocido que propicia los Ininterruptus. Faltaría solamente mi preferida de entre las damas.
Y a propósito de Mario, mi candidato para el certamen anual 2009 (ahora no puedo desdecirme), ofrezco los siguientes datos, que asimismo explican mi facilongo e injusto título de hoy.

Verónica Cornejo: 24
Mario Tosolakián: 22
Marcelo Perenchio: 22
Ininterruptus: 17

Y para terminar, con el virtual permiso de mi diario de cabecera (una edición del domingo encontrada por ahí me viene bien para la pata de la cama), acerco una rica semblanza sobre vida y obra del autor de anoche (en la foto, con Margarita Xirgu).


Henri Lenormand, el pesimista
Por Ernesto Schoo

Al repasar la historia del llamado teatro independiente en la Argentina (cuyo centro natural ha sido, por razones fáciles de entender, la ciudad de Buenos Aires) se observa cómo, en sus primeros tiempos, los de la lucha heroica por hacerse un lugar en la atención del público, recurría primordialmente a autores extranjeros.
Pese a que, desde 1930, año de su fundación, el Teatro del Pueblo montó a menudo obras de dramaturgos locales, aquella tendencia perduró hasta bien entrado el decenio del 40 del siglo pasado.
Generalizando, podrían trazarse dos líneas fundamentales: la de intención social, con predominio de la izquierda norteamericana (Elmer Rice, Clifford Odets, Erskine Caldwell y, hasta cierto punto, O´Neill) y de los rusos seguidores de la revolución de 1917 (con Evreinoff a la cabeza), y la de arte "puro" -digamos- con textos de Maurice Maeterlinck, Jean Cocteau, John Synge, sir James Matthew Barrie, Noel Coward o Lenormand, entre otros.
* * *
¿Quién recuerda hoy, aquí o en Francia, su patria, a Henri Lenormand? Sin embargo, "El tiempo es un sueño" (1919) fue un clásico de nuestro teatro independiente, representado muchas veces en Buenos Aires (donde lo estrenó La Cortina en 1941, dirigida por Mane Bernardo) y en el interior. Lenormand nació en París el 3 de mayo de 1882 y murió allí mismo, el 16 de febrero de 1951. Hijo de un compositor, René Lenormand, la música fue su primer aprendizaje artístico; alumno destacado del Lycée Janson, al llegar a la Sorbona se sintió atraído por el teatro isabelino. "Mis lecturas favoritas -escribió en sus "Confesiones de un autor dramático" (1949)- eran William Shakespeare, Friedrich Nietzsche, Edgar Allan Poe y Fyodor Dostoievski".
Tras algunos tropezones dramáticos, justamente "El tiempo es un sueño" le dio su primer éxito, y el mayor que obtuvo en su carrera, al ser representado por la célebre compañía de Ludmila y Serge Pitoff. También, pese a fuerte oposición crítica, "Los fracasados" convocó a multitudes, con su patético retrato de los artistas cuyas aspiraciones superan sus capacidades. Un título también representado aquí, a menudo, por grupos independientes, fue "El hombre y sus fantasmas" (1924).
En 1920 estrenó en París "El simún", primera parte de una ambiciosa trilogía, por él denominada "africana", que incluye "A la sombra del mal" (1924) y "Tierra de Satanás" (1935). En tanto, el entonces joven galán en ascenso Charles Boyer representaba con éxito "Asia", en 1935.
* * *
Lenormand se adelantó a su época. Se le reprochaba el procedimiento, hoy común, y elogiado, de presentar el conflicto mediante cuadros breves, escenas cortas, con diálogo escueto, reducido a lo esencial.
Tampoco era bien recibida su intención de revelar abismos psíquicos, motivaciones ocultas de sus criaturas, no con la vaguedad melancólica de los simbolistas ni con el craso naturalismo de los seguidores de Antoine, sino con una sobria objetividad, casi clínica.
Pese al sacudón tremendo de la Primera Guerra Mundial, que cambió para siempre los parámetros culturales de Occidente, hacia 1920 no se veía con buenos ojos ese teatro que, al decir de un crítico de entonces, "insiste en los problemas del subconsciente, se complace en evocar pasiones morbosas y pinta sin reservas a criaturas caídas para siempre en la ignominia". Criterio que parecería destinar a Lenormand a ser precursor de más de una tendencia del teatro actual.
Por descontado, el dramaturgo conocía muy bien los trabajos de Freud y sobre ellos basó sus observaciones. Fue, sin duda, un gran pesimista, insistente en su noción de que el hombre es el único artífice de su propia caída -"la secreta connivencia del hombre con las fuerzas que lo destruyen"-, y de cómo "las nociones aparentemente establecidas de la moral se descomponen a veces, como la luz a través del prisma".

(La Nación, Sábado 24 de enero de 2004)