domingo, 18 de abril de 2010

Repaso final de Ininterruptus XXIV (Remix)

Martes 01 de diciembre de 2009
Teatro: “Adriano VII”
Autor: Peter Luke
Ganador: Nadie
Premio: Nada
Reiteración el autor: Nunca




Peter Luke, escritor e hispanista anglo-irlandés
25/01/1995

Peter Luke, escritor, dramaturgo e hispanista anglo-irlandés, murió en Cádiz, a la edad de 75 años, después de una corta enfermedad. Conocido sobre todo por su mundialmente famosa obra teatral Adriano VII, que atacaba la hipocresía de la jerarquía de la Iglesia católica -traída a España por Luis Escobar-, se estableció en Andalucía con su familia en los años sesenta. Allí desarrolló una fascinación por la cultura y el folclor andaluces, hasta el punto de dar cobijo a una familia de raza gitana. Su experiencia le llevó a escribir libros y varias colecciones de cuentos cortos sobre la vida andaluza, entre los que figuran La Granada loca y La mantis religiosa, Paquito y el lobo y Bajo las murallas árabes, una aventura en Andalucía. Autor también de novelas sobre la historia de España, entre las que figura El otro lado de la colina (sobre la guerra de Independencia), su producción teatral incluye, además, Bloomsbury y la traducción y adaptación al inglés de Anillos para una dama, de Antonio Gala.Nacido en 1919 en Saint Albans (Inglaterra), hijo del diplomático y autor sir Harry Luke, sirvió en la II Guerra Mundial con el grado de teniente coronel, incorporándose después a la agencia Reuter de noticias, actividad que sustituyó por la importación y exportación de vinos españoles y portugueses, lo que le abrió el apetito por el mundo hispano. Más tarde fue director y realizador de la BBC, culminando esta actividad con la producción de la exitosa serie teatral The wednesday plays.
La BBC fue precisamente la que le brindó su primera oportunidad de trabajar en España, realizando una película sobre la vida de García Lorca. A partir de ese momento decidió afincarse definitivamente en Andalucía con su mujer, la actriz June Tobin, y cinco de sus siete hijos, con algunas interrupciones motivadas por su trabajo corno director del teatro Gate de Dublín.
Amigo de destacadas figuras de la cultura española -el pintor José Guerrero y el hispanista lan Gibson, entre otros-, Peter Luke trabajaba actualmente en una obra autobiográfica, en la que ironizaba sobre el choque cultural hispano-inglés a través de su peculiar familia. Residía en Jimena de la Frontera (Cádiz).
Su obra Adriano VII será reestrenada el próximo mes de marzo en Inglaterra.

(www.elpais.com)

Adriano VII (1969)

AUTORÍA
Peter Luke

ELENCO
Pepe Soriano (Frederick William Rolfe)
Flora Steinberg (Sra. Crowe)
Elena Tasisto (Agnes)
Zelmar Gueñol (Alguacil 1 / Cardenal / Dr. Courtleigh)
Bernardo Perrone (Alguacil 2 / Obispo / Dr. Talacryn)
Luis Politti (Jeremías Sant)
Javier Portales (Cardenal Regna)
Vito Acquaviva (General Jesuita)
Miguel Caiazzo (cardenal Berstein)
Francisco Rullan (Rector)
Jorge Mayor (George Arthur Rose)
Utimio Bertozzi (Cardenal Archidíacono)

TRADUCCIÓN
Mirta Arlt

ESCENOGRAFÍA Y VESTUARIO
Gastón Breyer

LUCES
Carlos Florio

DIRECCIÓN
Carlos Gandolfo


"El excéntrico barón Corvo", por Guillermo Niño de Guzmán



¡Qué escritores tan raros tienen los ingleses! Lewis Carroll, Ronald Firbank, Aleister Crowley...
Desde luego, los franceses cuentan con Alfred Jarry y Raymond Roussel, pero la literatura
británica esconde una veta inagotable de autores marginales e inclasificables, algunos casi
secretos, que alimentan las pasiones de lectores exquisitos y bibliómanos empedernidos. Uno
de estos escritores heterodoxos, Frederick William Rolfe, también conocido como el barón
Corvo, tal vez sea el más excéntrico e insólito de todos. Confieso que sólo lo conocía de
oídas y que probablemente no hubiera llegado a leerlo de no haber caído en mis manos la
extraordinaria biografía que le consagró A. J. A. Symons -¡otro excéntrico!-, En busca del
barón Corvo (Libros del Asteroide, Barcelona, 2005).

"En apariencia una biografía pero, en verdad, una detectivesca descripción de las mil y una
aventuras que vivió su autor para escribirla", ha comentado Mario Vargas Llosa sobre este
libro fascinante. Más aún, debo decir que lo he leído como si se tratase de una novela y que
he dudado de su condición de biografía, ya que su protagonista alcanza esa dimensión que
por lo general solo propicia la ficción. Y, aunque el discurso se apoya en cartas y artículos,
pensé que estos eran parte de una estrategia narrativa en la que para darle visos de realidad
al personaje se concebían testimonios y documentos, como solía hacer Borges en sus
ficciones que simulaban ensayos. Pero, como pude comprobar después, me había
equivocado de plano. En busca del barón Corvo no es una novela sino una auténtica
biografía, sui generis si se quiere, aunque escrita con sumo rigor. De hecho, la
correspondencia que se reproduce pertenece a personas que conocieron al desconcertante
Rolfe. Asimismo, los textos literarios que se citan provienen de sus obras, cuyas ediciones
limitadas son ahora piezas de colección.

La biografía de Symons se publicó en 1934 y ha sido considerada como un modelo en el
género. Según los entendidos, es lo que suele llamarse un 'quest', es decir, una indagación o
pesquisa en la que el biógrafo narra las peripecias por las que atraviesa mientras sigue las
huellas de su biografiado, de tal forma que el libro se va componiendo ante nuestros ojos.
La impresión que prevalece al concluir la lectura es que el biógrafo se descubre a sí mismo a
medida que rastrea a su sujeto. Y, en efecto, A. J. A. Symons (1900-1941), tal como reveló su
hermano el novelista Julian Symons, era un tipo tan excéntrico como el barón Corvo: "Un
dandy, un gourmet, un bibliófilo y uno de los fundadores de la Wine and Food Society, así
como del First Edition Club; un gran coleccionista de objetos victorianos; que se pasó la vida
caminando sobre la cuerda floja en cuestiones de dinero, cuerda que inexplicablemente
soportó su peso hasta el final".

Pero, ¿quién diablos era Frederick Rolfe? Todo hace suponer que, sin la devoción de su
biógrafo, este raro escritor hubiera permanecido en la oscuridad. Aunque Symons no lo
conoció, experimentó un interés por él que a la larga se trocaría en una obsesión. A primera
vista, Rolfe fue un individuo deleznable, cuya vida tiene más de truhán que de héroe. Nacido
en 1860, en una familia de fabricantes de pianos, a los quince años prefirió abandonar una
educación privilegiada, en contra de la voluntad paterna. Alumno libre en Oxford, fue un
solitario impenitente que se formó a sí mismo, alternando el ocio con una inclinación
profundamente libresca que lo llevó a un diletantismo extremo. Lo insólito es que sentía una
vocación religiosa, la misma que lo impulsaría a convertirse al catolicismo y a iniciar una
carrera eclesiástica. Sin embargo, fue expulsado del seminario debido a su conducta errática
y nunca conseguiría superar la frustración de no haber sido ordenado sacerdote.
Le gustaba firmar como Fr. Rolfe, con el fin de sembrar la ambigüedad de una investidura
clerical (Fr. es una abreviatura de su nombre de pila, Frederick, pero también de Father, es
decir, padre). Más tarde sostuvo que una aristócrata italiana le había cedido unas tierras, lo
que le daba el derecho de usar el título de barón Corvo. Esta presunción siempre despertó
suspicacias, al igual que su empleo de diversos seudónimos, a los que recurría para limpiar su
reputación. Rolfe fue un réprobo dotado de talento, al que una mente paranoica y alucinada
impidió salir adelante. Su mayor invención fue él mismo, un farsante dominado por una
mezcla de ascetismo y prodigalidad que contrastaba con su situación real. Embustero y
tramposo, creía que en su condición de artista podía vivir a expensas de los demás, pero la
dualidad de su temperamento hacía que tarde o temprano sus benefactores huyeran de él
despavoridos.

En realidad, Rolfe llegó un poco tarde a la literatura, cuando sus aspiraciones clericales
tropezaron con un callejón sin salida. Había trabajado como maestro de escuela y preceptor,
y, durante un breve periodo, ejerció el periodismo. También tenía habilidades para la música,
la pintura y la fotografía. No obstante, sus proyectos se truncaban por sus descabelladas
exigencias y absurdos reclamos. Esta actitud intransigente perjudicó sus relaciones con
amigos y editores. Emprendió algunos libros en colaboración y asumió encargos de "negro"
literario, trabajos que invariablemente desembocaban en largas disputas y pleitos judiciales.
Es verdad que podía deslumbrar a sus interlocutores con su inteligencia y erudición, pero
estas cualidades pronto eran opacadas por su naturaleza torva y una manía persecutoria.
Presa de un desmedido orgullo, Rolfe se jactaba de tener enemigos. Entonces se convertía en
un fiero contendor, que se regocijaba con la diatriba y el denuesto. Hay que considerar que
era un producto de la era victoriana, un individuo reprimido y enrevesado, misógino y
homosexual. Su personalidad conflictiva, atormentada y contradictoria contribuyó a precipitarlo
en una pobreza absoluta, de la que emergía de tanto en tanto por las vueltas del azar.
Cuando murió de un colapso a los cincuenta y tres años, en 1913, residía en Venecia, donde
había sido desalojado de su hotel por falta de pago y vivía a la intemperie, en una barca
abandonada. Rolfe acostumbraba a ejercitarse con pesas y le gustaba nadar. Su destreza con
el remo lo hizo pretender, sin éxito, un puesto como gondolero para poder subsistir. Sin
embargo, no todo fueron penurias en Venecia, pues durante una temporada gozó de la
protección de un amigo generoso. Pero Rolfe era un manirroto y dilapidaba el dinero a manos
llenas. Entre sus extravagancias se cuenta que pasó de casi morirse de hambre a navegar por
el Gran Canal a bordo de una embarcación nueva y tripulada por cuatro gondoleros, un
privilegio que según su biógrafo normalmente quedaba reservado a la realeza. Cuando su
mecenas se negó a continuar subvencionándolo, Rolfe arguyó que se hallaba en una
situación límite y que por la noche los cangrejos y las ratas nadadoras merodeaban su frágil
barca y le mordisqueaban los dedos de los pies. Pocas semanas después, el escritor falleció
mientras dormía.

Lo admirable del barón Corvo es que, pese a sufrir grandes privaciones, escribía con una
constancia y entrega de quien sabe que el único sentido de su existencia era el amor por las
palabras. Sus libros nunca le reportaron beneficios y apenas obtuvo algunas reseñas
favorables (como aquella que firmara D. H. Lawrence). Su obra no es fácil de asimilar. Devoto
de la cultura clásica y del Renacimiento, su lenguaje se caracteriza por ser intrincado y
preciosista, ya que solía inventar palabras valiéndose de su familiaridad con el latín. Escribió
una historia memorable sobre los Borgia, pero su mayor logro es una novela titulada Adriano
VII que apareció en 1904 (hay una versión española de Siruela del año 1988). Como ha
probado Symons, se trata de una autobiografía novelada en la que incide en su vocación
religiosa y aprovecha para vengarse de sus numerosos enemigos. "Sentí esa agitación interior
que a todos nos permite reconocer una experiencia nueva que nos transforma", anotó
entusiasmado el biógrafo luego de leer esta obra extraña, en la que un paria inglés socava,
contra todo pronóstico, los cimientos de El Vaticano y altera el destino de la humanidad.
Admito que no sé cómo describir esta novela atípica y algo desproporcionada, aunque con
varios episodios magistrales. Otro tanto podría decirse de su último esfuerzo narrativo, El
deseo y la búsqueda del todo (edición póstuma, 1934), otro de sus libros que se encuentra en
nuestro idioma (Valdemar, 2003). Lo curioso de esta historia ambientada en Venecia y
marcadamente autobiográfica es que el autor parece hallar finalmente la redención en el amor
insospechado que le suscita una adolescente con aspecto de muchacho. Haciendo gala de
una prosa más luminosa, Rolfe celebra la androginia como una forma superior de la belleza y
prefigura la novella veneciana y crepuscular de Thomas Mann.

Antes de concluir, debo advertir que Frederick Rolfe no es un escritor para lectores
complacientes. De ahí que convenga aproximarse a él a través del 'quest' de A. J. A. Symons.
Hacía tiempo que un libro no me resultaba tan proteico y estimulante, incisivo y deslumbrante.
Su lectura, como ocurre con las grandes obras, se convierte en la llave que nos abre otras
puertas y nos conduce hacia nuevos e insospechados libros, como un juego de espejos que
multiplica y enriquece nuestras limitadas vidas.


Publicado en "El Comercio (Perú)" el 15/04/2007

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