miércoles, 14 de octubre de 2009

Una segunda colaboración

Simultáneamente con la nueva reaparición telefónica de mi amigo Pablo, quien esta vez –ayer- devino colaborador del Blog, recibí un texto con el que me será muy grato enriquecer esta página. También me gustaría decir el nombre y apellido del remitente, pero eso me está prohibido. Lo que puedo decir –decirle- es que, recordando lo charlado en nuestra última comunicación, supongo que su envío está destinado a la publicación en Los Parrafistas –si bien yo solicité a este corresponsal un texto suyo. Pero, aunque no fuera ese su propósito, igualmente lo publicaría, arrastrado por la ilógica premonición nominal de la que hablé en mi Entrada anterior (“El bautizado”, más abajo). El texto es de Cortázar.
Por mi parte –y tal vez también por parte de ella-, lo dedico a todos los queridos compañeros oyentes.

Grave problema argentino:
Querido amigo, estimado, o el nombre a secas.

Usted se reirá, pero es uno de los problemas argentinos más difíciles de resolver. Dado nuestro carácter (problema central que dejamos por esta vez a los sociólogos), el encabezamiento de las cartas plantea dificultades hasta ahora insuperables. Concretamente, cuando un escritor tiene que escribirle a un colega de quien no es amigo personal, y ha de combinar la cortesía con la verdad, ahí empieza el crujir de plumas. Usted es novelista y tiene que escribirle a otro novelista; usted es poeta, e ídem; usted es cuentista. Toma una hermosa hoja de papel, y pone: “Señor Oscar Frumento, Garabato 1787, Buenos Aires.” Deja un buen espacio (las cartas ventiladas son las más elegantes) y se dispone a empezar. No tiene ninguna confianza con Frumento; no es amigo de Frumento, él es novelista y usted también; en realidad usted es mejor novelista que él, pero no cabe duda de que él piensa lo contrario. A un señor que es un colega pero no un amigo no se le puede decir: “Querido Frumento.” No se le puede decir por la sencilla razón de que usted no lo quiere a Frumento. Ponerle querido es casi lascivo, en todo caso una mentira que Frumento recibirá con una sonrisa tetánica. La gran solución argentina parece ser, en esos casos, escribir: “Estimado Frumento.” Es más distante, más objetivo, prueba un sentimiento cordial y un reconocimiento de valores. Pero si usted le escribe a Frumento para anunciarle que por paquete postal le envía su último libro, y en el libro ha puesto una dedicatoria en la que se habla de admiración (es de lo que más se habla en las dedicatorias), ¿cómo lo va a tratar de estimado en la carta? Estimado es un término que rezuma indiferencia, oficina, balance anual, desalojo, ruptura de relaciones, cuenta del gas, cuota del sastre. Usted piensa desesperadamente en una alternativa y no la encuentra; en la Argentina somos queridos o estimados y sanseacabó. Hubo una época (yo era joven y usaba rancho de paja) en que muchas cartas empezaban directamente después del lugar y la fecha; el otro día encontré una, muy amarillita la pobre, y me pareció un monstruo, una abominación. ¿Cómo le vamos a escribir a Frumento sin primero identificarlo (Frumento) y luego calificarlo (querido / estimado)? Se comprende que el sistema de mensaje directo haya caído en desuso o quede reservado únicamente para esas cartas que empiezan: “Un canalla como usted, etc.”, o “Le doy 3 días para abonar el alquiler”, cosas así. Más se piensa, menos se ve la posibilidad de una tercera posición entre querido y estimado; de algo hay que tratarlo a Frumento, y lo primero es mucho y lo segundo frigidaire.
Variantes como “apreciado” y “distinguido” quedan descartadas por tilingas y cursis. Si uno le llama “maestro” a Frumento, es capaz de creer que le está tomando el pelo. Por más vueltas que le demos, se vuelve a caer en querido o estimado. Ché, ¿no se podría inventar otra cosa? Los argentinos necesitamos que nos desalmidonen un poco, nos enseñen a escribir con naturalidad: “Pibe Frumento, gracias por tu último libro”, o con afecto: “Ñato, que novela te mandaste”, o con distancia pero sinceramente: “Hermano, con las oportunidades que había en la fruticultura”, entradas en materia que concilien la veracidad con la llaneza. Pero será difícil, porque todos nosotros somos o estimados o queridos, y así nos va.
Julio Cortázar
La vuelta al día en ochenta mundos.
Primera Edición
Pág.29

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