sábado, 18 de septiembre de 2010

Encuentro en septiembre (4): Nueva ganadora


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Así es, Hugo. Una vez más, el juego no salió. Ni la histriónica lectora pudo con la anemia rememorativa del público. Esa noche parecíamos necesitar algún energizante.
Pero, animados a arriesgar, yo tiré Charles Bukowski y López Motta lanzó Raymond Carver.
Para ese intento, me basé en la palabra de cuatro sílabas que se omitió reiteradamente durante la lectura. Pensé en la palabra ‘cañerías’ y en el título “Música de cañerías”. Aunque, en realidad, no suena muy razonable vender cañerías puerta a puerta. (Sin embargo, tuve una amiga que vendía así planes para la instalación de gas natural, lo que implicaba el posterior trabajo de los cañeros.) Además, no sé si ese libro de Bukowski es de cuentos o de poesía. Pero tiré, por tirar algo. Y erré, por supuesto. Roberto, en cambio, más atento al estilo y al asunto, acertó con Carver, el cronista de los dramas cotidianos, domésticos, quizá anodinos de la clase menos favorecida de Norteamérica.
Pero, ¿y el título de aquello? De eso, ni idea. Ni Roberto, ni yo, ni los demás. Hugo, entonces, ya resignado al papel de salvador, preguntó algo así como: “¿Qué se toma cuando uno anda débil, flojo…anémico, necesitado de energía?” “Vitaminas”, dijo una vocecita desde un extremo de la primera fila. “Sííííííí”, suspiró nuestro conductor, “el cuento es ‘Vitaminas’, de Raymond Carver. Pero, ¿a quién damos como ganador?” No pude menos que acompañar esa disyuntiva. “¿A Roberto, que acertó el autor, o a la señorita, que dijo el título?”, prosiguió Hugo, “¿O a ninguno?” Se volvió hacia Susú, que se encogió de hombros. “Ah, yo no sé”, se excusó ella, “yo leí como me dijiste…” A mi lado, Roberto murmuró, mirando los perfiles de la primera fila: “No, a la dama, a la dama…”, o algo así. “¿Cómo dice, Roberto? ¿Para la señorita? ¿Tenemos una ganadora nueva, entonces? A ver, si se quiere acercar…”
Y así subió al escenario una joven sonriente, contenta, de buen ver -es decir, delgada (1)-, que se presentó como Paula Nigro. Ella es licenciada en ciencias de la educación y profesora. No recuerdo si dijo 33 o 36 años. Una juvenil treinteañera, digamos. Es oriunda de Catamarca, pero está en Buenos Aires desde niña. No especificó barrio o localidad. Preguntada por cómo fue que se acercó al encuentro, primero vaciló, “¿Pasabas por acá y viste luz?”, arriesgó Hugo, y luego confesó que en realidad había ido a ver el espectáculo de Luisa Kuliok, que cambió de día. Pero esa afición por “La mesita de luz” la revelaba también como lectora, así que Hugo le preguntó qué estaba leyendo.
¡Para qué! Entonces Paula mencionó un libro llamado “El poder del ahora”, que hizo respingar a la Pecoraro, quien ya había vuelto a su asiento. Así que asistimos a un admirativo intercambio entre la platea y el escenario acerca de las maravillas de aquello. “¿Autoayuda, quizá?”, sugirió Hugo, cuando pudo intervenir. Pero Paula lo corrigió tenazmente, entronizando superlativamente las características de aquel libro y de su autor, Eckart Tolle. También lo relacionó, mediante unos conceptos que yo no podría reproducir, con su especialidad profesional, la educación, y aprovechó para contar que trabaja en un proyecto que busca transformar el paradigma educacional vigente, o algo así. Si no entendí tan mal, le digo que para eso puede contar con todo el aliento de alguien que se aburría en la primaria (según descubrió mucho después una de mis psicólogas del `98 *) y por eso no quiso seguir estudiando. Por si alguien se interesaba en esas cuestiones y quería hacer algún aporte, Paula, animada por Hugo, dijo su dirección de mail. Un par de días después, cuando empecé a pergeñar esta crónica, le escribí para preguntarle si podría conseguirme la filmación que la chica que la acompañaba había hecho de la actuación de Hernán Gugliotella. Me respondió que, por desgracia, la camarita había fallado y no le grabó nada.
Paula recibió como premio por su triunfo el libro de Carver “Vidas cruzadas”.


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