miércoles, 24 de octubre de 2007

...hoy, poesìa.

El lunes, en cuanto el cofrade Quique Figueroa interrumpió la lectura de Hugo, me dije que en alguna parte había visto la reproducción, diminuta, en blanco y negro, de un afiche de una de las versiones cinematográficas de “El prisionero de Zenda”. Enseguida, mientras lamentaba lo sucinto de la intervención de Quique, enfoqué el recuerdo. Se trata del único ejemplar que tengo de la revista “Babel” : N° 2, mayo de 1988, 11 australes.
Allí, en la sección Siluetas, de Luis Chitarroni (que después, creo, se trasformó en libro), se encuentra un abigarrado texto sobre Anthony Hope. Entre otras barroquidades, se asume ahí que la sencilla novela de Hope inoculó la génesis de “Palido Fuego”, obra poco conocida de un autor que de un momento a otro aparecerá en Párrafus, así que no lo nombro.
El texto de Chitarroni me remitió al libro del malogrado Carlos Feiling, “Amor a Roma”, que tengo en mi biblioteca. De allí copio el esbelto y chusco poema que sigue.
Acerca de la anacrónica –por no decir prematura- pérdida de este joven novelista y poeta nacional (Feiling), solo atino a repetir lo que hace pocos días escribí en mi correspondencia privada: ante una situación de duelo –ante la muerte- huelgan las palabras.

RUPERTO DE HENTZAU

Cuando enarca la ceja, difidente;
si enáncase en el nácar (poca concha)
de una dama viejita que consiente
cimbronazos aún; haciendo roncha
por las calles de Zembla; porque ingente
prepara tropelía con que troncha
le vida de un actor; si ese florete
esgrime susurrante, o el retrete
invade de Antonieta (la pijita
parada ante el percal, que tenso porta
el peso de las pomas); mientras grita
improperios al duque; porque absorta
la vista en una rosa, premedita
contra el culo de Flavia cuanto corta
y punza dirigir; en tanto adorna
al rey con faraláes que la sorna
precita le dictó; ni bien aspira
la bruma de un habano, o atribula
lolitas con piropos; aunque mira
el bulto de Rodolfo (cual fanciulla
ardente nel amore, cuya pira
son muévedos y morbo); si recula
buscando el trabucazo con que quiere
borrar la enemistad, Ruperto muere.


“Sigue lloviendo en Buenos Aires.
No es ninguna novedad.
Han pasado muchas cosas
y son todas realidad.
Después de la inundación, vino el tiempo de la nube y no paró de llover. La nube sigue bajando, dicen que no se va más... o que se irá cuando toque tierra y se pierda entre nosotros.”


Nada más alejado de mi voluntad que sugerir alguna intención de voto con la precedente cita de la película “La nube”, de Pino Solanas –candidato por la lista 505, Proyecto Sur. Es una verdadera casualidad (yo no hablo más de magias en este foro) que se haya leído a Aristófanes en la semana previa a nuestras próximas elecciones democráticas nacionales –valga la redundancia (¿?)- y que yo no tenga nada para decir acerca de este aunténtico clásico griego –excepto que con “Las nubes” ganó el juego el retornado Fernando Terreno.
Pero, para los que insistan en ver a esta poética apostilla como intencionada, declaro sin tapujos que yo voto a Cristina. Pero no la voto solamente este próximo domingo 28 de octubre, sino, de una u otra manera, todos los días; porque las elecciones no deben ser cada cuatro o dos años, así como los días de la madre o del niño no deben ser solo el primer o tercer domingo de determinado mes, sino todos los días, y yo todos los días de mi vida, desde hace más de un período, desde hace cinco años, elijo a Cristina, mi Cristina, la preferida de mi corazón, la joven contadora María Cristina C., quien, modesta, amén de censora y autoritaria -“Sí, querida, ya termino y voy a fregar la vajilla, vos acostate nomás”-, no me deja citar su apellido, que no es Fernández, ni es con K., pero será de Perenchio.

Puta madre, como me arruina las manos el Relusol...
Y bueno, finalizando: así como la semana pasada me atrasé con la reseña del programa, esta vez, ocupándome ya de los dos primeros (porque me dio ganas), me adelanto.
Y se me ocurre, ya que estoy citando poesía, terminar con un poema de un autor que, si en alguna peregrina ocasión vez se leyera en Párrafus, sería en el programa 500, justo antes –tal vez- de empezar con la repetición de autores. O si no nunca.
Pero si lo llegara a leer hoy, miércoles 24, entonces apago todo y me voy.

LOA DEL CUERPO SANO

Las bestias y las plantas te den el buen consejo:
contémplate en tu cuerpo tal como en un espejo.
Para tu gloria de hombre prolongada en la casta,
desnúdese tu cuerpo en la gimnasia casta,
como una estatua. Puro y audaz tu cuerpo entrega
a la gracia del aire y del sol. La diosa griega
te unja en su óleo. El juego armonioso y diverso
de tus músculos plázcate como el más bello verso.
No así como el asceta ni como la ramera,
sé dueño de tu cuerpo, que ésta es la ley primera.
Un cuerpo hermoso, fuerte, sano, qué noble palma.
Pero sirve a tu cuerpo para servir a tu alma.
Y no des uno al diablo ni la otra des a Dios
y ojalá te tuvieran sin cuidado estos dos!

Cuerpo, loado seas en tu carne y tu hueso,
tus nervios y tu sangre, tu semen y tu seso.

Luis Franco

1 comentario:

Anónimo dijo...

Si yo estuviera en el lugar de Cristina, tampoco te dejaría publicar mi apellido, ni mi profesión y mucho menos decir que hago horario de jefa y duermo hasta las nueve…
Leí en la última “Ñ” este cuentito que me hizo pensar en algunos de los que andan por este blog luciendo su facha de tipos duros, pero que así y todo lavan los platos:

“Amor (cuento breve de Raul Brasca)
I
A ella le gusta el amor. A mí no. A mí me gusta ella, incluido, claro está, su gusto por el amor. Yo no le doy amor. Le doy pasión envuelta en palabras, muchas palabras. Ella se engaña, cree que es amor y le gusta; ama al impostor que hay en mí. Yo no la amo y no me engaño con apariencias, no la amo a ella. Lo nuestro es algo muy corriente: dos que perseveran juntos por obra de un sentimiento equívoco y otro equivocado. Somos felices.
II
Pretende que yo estoy enamorada del amor y que a él sólo le interesa el sexo. Dejo que lo crea. Cuando su cuerpo me estremece, lo atribuye a sus muchas palabras. Cuando mi cuerpo lo estremece, lo atribuye a su propio ardor. Pero me ama. Y no lo saco de su engaño porque lo amo. Sé muy bien que seremos felices lo que dure su fe en que no nos amamos.”