miércoles, 2 de julio de 2008

¡Ahí vienen los famosos!


Hace un año, en junio del 2007, yo reclamaba por la participación en nuestro juego de escritores, dramaturgos, poetas, o intelectuales de las más diversas áreas. Hace poco, el mes pasado, volví a poner ese texto en el Blog, en la sección Antología. Ahora, esta semana, los artistas se hacen presentes.


El domingo, el músico y cantante Alejandro del Prado (quien, además de hacer sus cosas, acompañó en guitarrón al gran Alfredo Zitarrosa) llamó para ganar durante la lectura de los poemas de Jorge Boccanera. El lunes, el director teatral y maestro de actores Agustín Alezzo ganó con la obra “Esperando al zurdo”, de Clifford Odets (dramaturgo a quien, según leí por ahí, recrean los hermanos Coen en “Barton Fink”). Y anoche, el famoso ignoto Perenchio Coronel, artista de la memoria, recordó un reportaje de una añosa revista y supo que lo que Hugo nos leía era “La potra”, novela del auténtico decimonónico Juan Filloy.

Mempo Giardinelli entrevista a Juan Filloy


“Es impresionante, a trece años del 2000, entrevistar a un escritor del siglo diecinueve.
(…)
“A los 93 años, Juan Filloy (Córdoba, 1 de agosto de 1894) sigue escribiendo, está joven, lúcido, brillante y agudo. De más de un metro ochenta de estatura, se mantiene erguido y ágil como un hombre de sesenta. Apenas una leve sordera delata su edad.
(…)
“Juan Filloy (se pronuncia Fiyoy –advierte- “porque es un apellido gallego y no irlandés”) es autor de una vasta obra de 42 volúmenes, 18 de los cuales están inéditos. Poeta, cuentista, novelista, ensayista y traductor, en su bibliografía figuran joyas como sus novelas ‘Op Oloop’ (se pronuncia opolop, enseña, “porque es un apellido primitivamente holandés, como Roosvelt, que no es Rusvelf) y ‘La potra’, y de toda la saga de cuentos de ‘Los Ochoa’.
La lectura de su obra provoca de todo, menos indiferencia. Impactante, violenta, escatológica, es como un cachetazo en la nariz. Quizá por eso se lo condenó, desde los años 30, al peor de los olvidos para un escritor: el de que casi nadie lo ha leído, en su propio país.
Una peculiaridad de esa obra es que todos sus títulos constan de sólo siete letras, “Pero no por vocación pitagórica ni por aritmosofía –aclara- sino simplemente porque se me dio la gana. Todo obedece a juegos de espíritu, síntesis y proporción; no hay ninguna implicación esotérica”.
(…)
“-¿Y el cuento, qué estadio ocupa?
-A mi criterio el de ser un texto corto, lacónico, lineal. Horacio Quiroga, me parece, hizo la comparación de que el cuento es la trayectoria de una flecha que sale del arco y da en el blanco, sin digresiones de ninguna especie, respetando completamente la línea argumental, y con un final sorpresivo. Ahora, yo prefiero la nouvelle, como le digo, porque es un cuento que se bifurca en descripciones, en manifestaciones caracterológicas de los personajes. Deja de ser, como el cuento, una viñeta seca, y pasa a ser un dibujo más formal y acabado, digamos.
-¿Y en su producción, qué papel jugó el cuento? Usted practicó todos los géneros, pero fundamentalmente la novela.
-No todos los géneros: teatro nunca hice. Tengo once novelas escritas y cinco libros de cuentos, de los cuales tres son de nouvelles. Pero como usted se da cuenta mi forma predilecta es la novela; yo me siento muy cómodo novelando.
-Pero ha escrito muchos cuentos. Pareciera que los desdeña.
-No. He escrito unos sesenta o setenta cuentos. En ‘La Nación’ han aparecido algunos, y siempre observo que son demasiado largos porque les ocupan muchas páginas. Pero también tengo cuentos cortos, muchos, una colección de unos cuarenta cuentos breves que se llama ‘Gentuza’. Está inédito. Y otro libro de nouvelles, siete, que se llama ‘Eran así’. También tengo otras siete nouvelles en un volumen publicado que se titula ‘Tal cual’. Como ve, hice muchas cosas, pero me encanta la nouvelle, que en general me ocupa unas veinte o treinta páginas. Un cuento largo, diría usted. Es lo que me gusta.
-¿Fue más proclive a la novela, y al cuento largo, porque así podía desplegar su ironía, su humor, como en ‘Op Oloop’?
-Claro, amo la burla. Y también ampliar las descripciones, poetizar un poco. El cuento es un género aséptico; es un tramo directo.
(…)
“-¿Escribe a mano, o a máquina?
-A mano. Tengo todavía, a los 93 años, una caligrafía que yo como grafólogo considero de una persona de cincuenta años. Tengo una escritura muy firme, muy recta; la mía no es una escritura hachada por los nervios, ni por trepidaciones de fenómenos vasculares. Es una caligrafía hasta cierto punto artística, a la manera de las escrituras inglesas.
(…)
“-Es curioso: usted utiliza muchísimas palabras de uso poco frecuente, en el lenguaje coloquial. Y alguna vez ceo que ha dicho que a usted hay que leerlo con el diccionario al lado. Yo he tenido, y tengo, esa impresión: que debo recurrir –leyéndolo- permanentemente al diccionario.
-Y me parece bien. Me parece muy bien que lo haga. Ha sido algo no casual, sino perfectamente querido. Si nosotros tenemos un idioma de 70.000 palabras, ¿por qué vamos a utilizar un castellano básico de 800? El pueblo argentino no habla más que con 800 a 1200 palabras. Es muy poco, muy pobre. Ese es todo el idioma coloquial de los argentinos. ¿No le produce espanto?
-Me deja helado.
(…)
“-¿Ha reescrito mucho, o ha sido un escritor de primer impulso?
-Corrijo mucho, Hay un refrán francés que dice que toda la misión del escritor consiste en corregir. Y ésa es mi tesis. Si no, uno no puede hacer megasonetos. ¿Sabe lo que es un megasoneto?
-No. Ni idea.
-Considero megasoneto a una colección de 14 series de 14 sonetos. De modo que cada megasoneto tiene 196 sonetos. Bueno, yo en mi vida no he publicado tres sonetos. Pero hice mis 14 series, todas manuscritas. El soneto presupone esa calidad que le decía: depuración constante, es un corregir incesante, porque usted no puede hacer un soneto imperfecto. Ahí tiene a Borges, por ejemplo: en la puta vida me gustó un soneto de él; le salían sonetos ingleses, que son imperfectos. Todos los sonetos míos son absolutamente petrarquianos. Petrarca hizo 350 sonetos. Yo me planté en los 896. No hice más porque… (se ríe). Lope de Vega me gana: hizo como 1200. Según dicen. Gryphius, un poeta alemán del siglo XVII, hizo 400. Guillermo Humboldt, el hermano de Alejandro, escribió unos 500. Yo leí todo eso, lo estudié. Y me di cuenta de que el soneto es una forma perfecta, o no es. Y durante años trabajé el soneto endecasílabo. También hice algo de soneto alejandrino en francés, que es la única lengua en que se puede hacer.
-¿Y logró la perfección?
-¿Y qué le voy a decir? Son absolutamente impecables. La misma joya de Petrarca, que fue introducida en España por boca de Gracilazo (no el Inca; el español). De modo que yo no he hecho otra cosa que seguir las normas del castellano antiguo. Quevedo también hizo sonetos estupendos. Góngora hizo pocos. Menores.
-¿Cómo se siente un hombre que se compara con Petrarca?
-No me comparo. Los de él son admirables. Yo solo hago sonetos, en una tradición. Digo que son impecables porque están en esa norma. Además, mi temática es muy moderna, con un sistema metafórico no alocado a la manera de Neruda, que llevó la metáfora al desideratum de la idiotez.
(…)
“-¿Cuál fue el primer libro que publicó?
-‘Periplo’, en 1930, ya viviendo en Río Cuarto. La publicación me apareció, digamos, sorpresivamente. Fue como un aluvión: en el 31 apareció ‘Estafen’; en el 32 ‘Balumba’; en el 33 ‘Op Oloop’; en el 34 ‘Aquende’, que es un gran libro; en el 36 apareció ‘Caterva’, que me llevó dos años porque es una novela larga. Y después publiqué un libro de poemas en prosa, que se llama ‘Finesse’, que es realmente una finesse, un buen libro. Fue una década de producción aluvional, incesante, apasionada.
-¿Qué sueños tenía entonces el joven escritor Filloy?
-Yo me sentía escritor, simplemente. No toleraba nada que fuera ordinario, chabacano, vulgar o grosero. Y en el año 30, cuando empecé a publicar, personas que leyeron ‘Op Oloop’ y ‘Aquende’, dijeron ‘bueno, acá hay un reformador de la literatura argentina, porque este hombre no usa el eufemismo’. Así decían. Y es que, entonces, toda la literatura argentina era eufemista. Se decía ‘vaya al estiercol’ y yo empecé a poner ‘déjese de joder, váyase a la mierda’. Es muy distinto. La poesía con eufemismos, por ejemplo, descaracteriza al personaje. ¿Cómo concibe usted un paisano a la manera de Don Segundo Sombra? Es una falsificación del paisano. Pero usted lee mis gauchos, como Don Primo Ochoa, y es un paisano soez, sucio, que pela la poronga y orina delante de cualquiera. Yo he dicho siempre las cosas sin tapujos.
(…)
“-… Un día le regalé a Borges, en Buenos Aires, mi novela ‘Aquende’, que escomo ya le dije una gran novela. Quedará mal que lo diga yo, pero es un libro concebido musicalmente, una especie de geografía musical de la Argentina, con un intermezzo y dos interludios, y cada composición con un tema específico. Bueno, le regalé el libro, y unos meses después, revisando cambalaches en la calle Corrientes, me encontré ese ejemplar. Lo había vendido, con dedicatoria y todo. Lo compré, por cierto…
-Es duro, lo que dice de Borges.
-Es infame que yo venda un libro dedicado. Me han dedicado miles, y los conservo todos. Ya le va a pasar, a usted que es joven…
-Ya me sucedió: encontré en Río Negro una novela que le había regalado a un conocido editor. La compré, también, y se la volví a regalar al editor. El mismo libro. Agregué a la dedicatoria –que decía ‘A Fulano, con afecto’- la frase ‘con renovado afecto’, y la nueva fecha. Tomé ese ejemplo de una anécdota de Octavio Paz.
-Buen recurso.
-¿Le guarda rencor, a Borges?
-Lo juzgo literariamente. Creo que tenía una especialización en literatura inglesa realmente inobjetable. Pero por lo demás, le faltaba vida. No tenía contacto humano. Ha escrito cuentos de gabinete, asépticos, de arquitectura moderna, digamos: de perfiles de aluminio y de cristal. Pero en Borges no hay coito, no hay gracia, no hay conexión humana. ¿En qué cuentos de Borges usted encuentra sudor? ¿O sangre? Por eso no escribió novelas.
(…)
“-Alguna vez usted dijo: ‘me interesa la preñez’. ¿Escribir es como parir, verdad?

-Claro. Mire, un artista sin imaginación es igual a cero. Uno necesita una imaginación de contrabandista de drogas, experto en burlar aduanas de todo el mundo. Baudelaire decía que el trabajo es una forma desesperada de divertirse y eso es verdad. Trabajando se presentan las ideas y se estimula la imaginación. Sin imaginación, no hay escritor. La imaginación es la gran matriz proveedora de argumentos, de estructuras, de estilos. Es una especie de mayéutica: un parto diario. El escritor tiene embarazos constantes, perennes. Por eso digo que me interesa el libro que está por nacer; me preocupa la preñez. Y como para mí la inspiración no existe, trabajo todos los días. Soy un sistemático, y si no escribo cada día, me abotargo. Hay un manicomio dentro de un escritor, ¿no cree? (…) Fíjese que en las inquisiciones que me hicieron tres militares en el año 77, cuando la última dictadura, mucha gente creyó que yo iba a ser otro desaparecido. Uno de los coroneles tenía mi libro ‘Vil y vil’ en las manos, todo subrayado, y le temblaba la voz: ‘¿Usted escribió esto?’ Le respondí que sí, pero lo que ahí dice lo dicen mis personajes. No soy yo. La cabezada un escritor, sépanlo –les dije- es una matriz que está siempre preñada; siempre está pariendo personajes. En otro libro mío, si lo quieren leer –les expliqué- hay 106 personajes. Ese libro es ‘Caterva’. Y hay putas, hay militares, hay hombres honestos, abogados, etc., y cada uno habla su idioma… Pero ellos estaban espantados porque en ‘Vil y vil’ el personaje de un joven estudiante putea de lo lindo contra los militares. Pero era un argumento incomprensible para tan supina ignorancia.
(…)
“-En la famosa discusión Boedo-Florida, ¿usted participó?
-No, yo estaba muy lejos. Buenos Aires estaba muy lejos. Pero sentimentalmente yo estaba con los de Boedo. Ah, ahí tiene a alguien que no mencioné: Barletta. El fue muy generoso conmigo: escribió que yo era ‘el único escritor europeo que tiene la argentina’. Pero esa simpatía yo creo que me venía por mi origen humilde: hijo de un almacenero gallego y de una madre analfabeta, porque mi mamá era analfabeta. Era un hogar obviamente socialista, desde chico fui bombardeado en tendencias de izquierda. Mi padre, vea, vino de España casi analfabeto y aprendió a leer, me contaba, debajo de las carretas mientras recorría la provincia de Buenos Aires, allá por Olavaria, en los años 80, los 70 del siglo pasado. Una vida muy azarosa. Esas cosas quedan: en mi libro ‘Aquende’ hago por ahí una cierta apología de Rosas. ¿Sabe por qué? Porque mi papá era rosista. Siendo extranjero, él decía que la gente de Quequén, de la pampa, los arrieros y fleteros, jamás pronunciaban un solo dicterio contra Rosas.
-Usted ha vivido todo el siglo. ¿Cómo diría que cambió la vida, como cambió el país?
-Yo creo que para bien. Por supuesto que para bien. Faltan algunos escalones, claro está, para llegar a lo excelente, pero todo cambió para mejor. Soy totalmente optimista, con respecto al futuro. Tanto la República Argentina, como el mundo, están cambiando. Yo he visto, fíjese, una Argentina manejada paternalmente, con cuatro millones de habitantes. Y ahora tenemos una argentina de 32 millones que está cambiando: el paternalismo desaparece; desaparece la caridad por la justicia; la desigualdad por una distribución equitativa. Hay un trato más humano en la gente. Ya desaparecerá el elitismo, a su tiempo, vamos en esa dirección… Por más que por otro lado, uno ve que tecnológicamente las elites, la gentry como dicen los ingleses, tratan de perdurar por medio de los adelantos técnicos. Una evolución de ese tipo puede llegar a constituir una nueva aristocracia, y ése es el peligro. Si el tecnicismo es dominado con un criterio democrático, llegaremos a un mundo mucho mejor.”

Esta última respuesta, casi en el final del reportaje de Mempo Giardinelli en la ‘Puro cuento’ Nº 6, de septiembre-octubre de 1987, contrasta con esta otra, de enero del 2000, en el artículo de Marta Platia para Clarín ‘El hombre de los tres siglos’.

“-¿Cómo imagina que será este nuevo milenio?
-Contra la opinión general que opina que el mundo va a cambiar de aspecto, yo digo que va seguir siendo pésimo; que habrá convulsiones y guerras, y dominio imperialista y económico de los países potentes del mundo frente a las comunidades pobres, miserables de Africa, de la India y de Europa oriental. Con respecto a la Argentina, creo que está pasando un trance muy peligroso, porque la República está clavada, por así decirlo, por las deudas contraídas durante el gobierno de Carlos Menem. Se despilfarró tanto que la economía está en la miseria. Tanto que el gobierno actual no sabe qué hacer con tanta deuda y está pidiendo perdón a los países acreedores del mundo. La Argentina ha sido un país muy dispendioso. Ha pensado muy poco en su porvenir. De modo que con pocos ricos, una clase media diezmada y millones de pobres, creo que esas malas condiciones se agudizarán en este nuevo milenio.”

Está visto que, a los 105 años, Filloy conservaba la lucidez y agudeza que destacara Mempo 13 años antes, y no le había pasado desapercibida la década del ‘menemato’, como dice David Viñas.

Por la victoria de anoche recibí como premio la mismísima “La potra”. Es lo primero que voy a leerle. Bienvenido, don Juan.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Marcelo, cabe señalar también que a Filloy le sobraba con su palindromía-titis para ganar cualquier campeonato. Era un espectáculo el longevo!

Por aquí formamos legión haciendo la barra para que llegara vivo al 2001. Muchos, sin haber leído nada de él.

Y creo que se murió porque dejamos de cinchar.

Saludos