viernes, 16 de noviembre de 2007

"Roldán, Cain, Moravia"

El lunes llamé dos veces –figuradamente.
Cuando escuché las primeras palabras de la novela de James M. Cain –“Alrededor del mediodía me arrojaron del camión de heno”-, apreté el redial de mi celular, pero el 4325-7390 ya estaba ocupado. Era Verónica Cornejo, de Lugano, que, sin haber leido la novela, reconoció en esas primeras palabras la película que se hizo con aquella historia. Inexplicable.
Pero después, a través de mi compañero Rojas, respondí para el concurso sucursal que el director de “Pacto de sangre” fue Billy Wilder. Gustavo Rojas, “del microcentro”, ganó el sorteo, e insiste en que el premio, “India pravile”, de Mario Sábato, debe ser para mí.
¿Qué haré?

Al dìa siguiente tuve mi legìtimo premio. Sin buscarlo, rebuscando en las mesas de la librería de avenida de Mayo, encontré un libro con un artículo sobre carros.
El libro se llama “Las cosas que se piantan” y su autor fue Norberto Folino. Pertenece a la colección “La historia popular – Vida y milagros de nuestra gente”, del Centro Editor de América Latina. Es del año 1971 y en la contratapa lleva el precio impreso: Argentina $ 2.20. Uruguay $140. Yo lo pagué cinco pesos.
En uno de los artículos del libro se habla exactamente de aquel texto de Borges que yo mencioné los otros días, el referido a las inscripciones de carros. En un pasaje, Folino (a quien realmente quiero recordar en esta Entrada) echa luz –eso no lo dudo- sobre una perplejidad del joven Borges. Pero yo no entiendo su aclaración. La someto a la consideración de los lectores del Blog, y si alguno caza la onda, por favor, que la estire hasta mí.
Transcribo:

“Cuando Jorge Luis Borges hace un repaso final de sus materiales en “Evaristo Carriego”, dice: ‘Pero el honor, pero la tenebrosa flor de este censo, es la opaca inscripción NO LLORA EL PERDIDO, que nos mantuvo escandalosamente intrigados a Xul Solar y a mí, hechos, sin embargo, a entender los misterios delicados de Robert Browning, los baladíes de Mallarmé y los meramente cargosos de Góngora. NO LLORA EL PERDIDO: le paso ese clavel retinto al lector’.
“Adviértase que don Jorge estaba ese día parado en una esquina con Xul Solar. También pudo haber dicho Pablo Picasso o Victoria Ocampo. Nunca con Minguito o con José Pastafiglia o Tato Borestein.
“Esa cursilería le hico confundir la pista del PERDIDO, y ojalá que encuentre pronto su pipí, que a mí me da verguenza darle el hilo. Y a mi editor también.”

¿La cursilería era estar en una esquina con Xul Solar –o con Picasso o con Ocampo? ¿Por qué eso le hizo confundir la pista? ¿Encontrar el “pipí” lo ayudaría a descifrar la inscripción? ¿El “pipí” es la orina de Borges o el órgano que la emite? Vagamente se me ocurre que “Perdido” se relaciona con masturbación; pero, la verdad, no comprendo la ironía de Folino –y no me despeja las tinieblas de esa flor.

Pero lo que quería contar en esta Entrada es que anoche, después de participar en Párrafus, de responder que la lectura era “La romana”, de Alberto Moravia, de contarle a Hugo sobre el hallazgo de aquel libro de Folino, recordé que, a poco de rebuscar, había visto también en esa librería, en la mesa de $ 3, el libro de Ricardo Horvath sobre Blackie.
No recuerdo el título, pero es una especie de biografía de la conductora radial y televisiva, antigua cantante de jazz, que estuviera presente en los medios desde la década del ‘50. Paloma Efron era su verdadero nombre y Horvath fue colaborador suyo en sus últimos años de labor. El libro es de fines de los ’70, creo; miré el índice, lo hojeé un poco y, aunque primero pensé en llevarlo, al final lo dejé. Al rato, encontré el libro de Folino –también sobre gente y cosas de Buenos Aires.
Y, aunque sabía bien (como le conté a Hugo por la noche), que Horvath y Folino, dos de la vieja guardia, fueron los creadores de “Café, bar, billares”, un novedoso programa de tangos que yo conocí en la radio Belgrano de 1984; que Folino ya es fallecido; que Horvath continúa aún hoy con el programa –en am 530, La voz de las Madres, a las 13.30-; que me emociona la cortina de presentación cada vez que la escucho... a pesar de esto, y a pesar de mi memoria inextricable y de las asociaciones que me es dado percibir, ayer, en el momento, cuando encontré el de Folino, no se me ocurrió que debería haber vuelto a la otra mesa y comprar también el libro sobre Blackie, llevármelos ambos en el morral y reunir ahora en mi biblioteca –figuradamente- a los dos amigos.
Mañana, sin falta, tengo que ir otra vez a la librería, a ver si todavía está.

Para propiciar esa reunión, termino trascribiendo parte de la presentación de “Café, bar, billares” –grabada por Liliana Daunes, ciertamente.

“En Buenos Aires, busqué el café que era mi café y no lo encontré. Busqué el restaurante donde comía caracú en inmensas fuentes, a cualquier hora del día, o de la noche, y tampoco estaba. Donde había estado mi cantina preferida, había un montón de escombros. Así anduve un tiempo, doliendo olvidos, buscando lugares.

(suena el tango “Un boliche”)

Un boliche como tantos
una mesa como hay muchas
un borracho que serrucha
su sueño de copetín.
Hay un tira que se asoma
una copa sin monedas...

(Vuelve Daunes)

“’Café, bar, billares’, una marca registrada. Conducción, Ricardo Horvath. Norberto Folino, colgado de una nube, sonríe con aprobación. ‘Café, bar, billares’, la otra forma de sentir el tango.”




Fui a casa y volví. Tenía en mente una vieja revista Siete Días, que conservo sin la tapa. Es de lo más viejo de mi archivo. Mejor dicho, lo que tengo desde hace más tiempo; es una de las revistas que le daban a mi vieja en las casas donde trabajaba por horas, cuando yo era chico. Siete Días y Gente en mayor número; también algunas pocas Somos. No sé cómo, a mis 9, 10, 11 años, encontraba ahí algunos artículos o reportajes interesantes, y guardaba esas revistas entre mis cosas. Quizá fuera por las fotos de mujeres en malla.
Años después, cuando debimos mudarnos de la casa que mi viejo dejó a medio construir, al disponer finalmente de un cuarto propio en la nueva vivienda –cuando se casó mi hermana-, recorté de aquellas revistas todo tipo de fotografías y dibujos, que destiné a decorar las paredes. Especialmente, de las tapas. Por eso, esta Siete Días de la que hablo (que encontré y traje de casa) empieza hoy en la página 3. Y en la página 3, en diciembre de 1971, se publicaba la sección de Adriana - aparentemente, una columnista estrella de la revista. Y, ¿cómo se llama la protagonista de “La romana”? Y, ¿de qué año es el libro de Folino antes comentado?

Eso no es todo. Parece que la periodista, Adriana, había viajado a Italia. En este número, la sección se titula "Carta desde Roma". Y el reportaje que reproduce, "Moravia y yo".

“Trasformar la realidad en absurdo y el drama en sainete es una de las especialidades de los italianos. Este don ha sido muy bien ilustrado por el cine, el que además enseña a iluminar angustias por medio del humor.
“-Mi madre –relata Attilio, barman del Café de París, de Vía Veneto- me crió a sberle (sopapos) . Eran bofetadas que iban y bofetadas que venían... Y ya ve, aquí estoy, lo más bien.
“El tic nervioso que le hace guiñar constantemente el ojo izquierdo, no cuenta. El reflejo de temor que le produce el meneo de una mano aunque sea un signo de saludo, tampoco.”
“(...)
“O sea que Rico, el último personaje creado por Alberto Moravia (que en pocos meses ha alcanzado la popularidad de nuestra Mafalda), se asemeja bastante al hombre común. Bajo, cabezón y casi calvo, Rico ha sido capaz de brindar a muchos lectores un retrato bastante vivo de quien –sin advertirlo- es totalmente dominado por otro personaje sin precedentes en la literatura: “él” (su propio órgano sexual). Resultado: gracias al talento de Moravia, al proceso de identificación al que induce y a la escabrosidad del tema, su novela “El y yo” va por la quinta edición.
“(...)
“-Mis personajes son todos inventados; yo no soy un autor autobiográfico, como Proust. Yo me limito a vivir las experiencias, a conocerlas para luego poder crear situaciones y personajes; o sea, lo único que tenemos en común Agostino y yo es que yo también he tenido nueve años...
“(...)
“-Yo puedo desvincularme de las cosas que me importan y hablar solamente de lo que importa a los demás. En estos momentos se le atribuye importancia al sexo...
“-Usted se la atribuye desde hace por lo menos veinte años.
“-Alejémonos de mí; analicemos a Shakespeare, por ejemplo. ¿De qué habla Shakespeare? De reyes, de reinas, de conspiraciones, de gobernantes encerrados en castillos... No relata experiencias personales, sino que habla de lo que importaba en su época...”

El reportaje no tiene desperdicio, pero sería excesivo reproducirlo completo acá. Moravia menciona también que, con el director Alberto Lattuada, está trabajando en una versión para el cine de “El y yo”. “’El, por supuesto” –dice-, “tendrá la voz fuori campo’ –la voz en off.” Yo recuerdo una película norteamericana, con Griffin Dune, el que hizo “Después de hora” con Scorsese, que también trataba de la relación de un tipo con su media banana; no sé si estaría basada en la novela de Moravia, no la vi.

De Belisario Roldán es mucho menos lo que puedo decir. El miércoles se leyó de Roldán “El rosal de las ruinas”, un clásico de nuestro viejo teatro –puse primero su apellido en el título de esta Entrada por razones de fonética. De todos modos, al respecto ya escribió el recuperado –para el Blog- coequiper Quique Figueroa, y lo hizo muy vívidamente, por cierto; vívido porque Quique estuvo allí, donde Belisario, y porque encabeza su texto con una foto inédita del compañero oyente Roberto López Motta, ganador del día, quien con su aspecto me confirma extensamente lo que imaginé acerca de él en la Entrada llamada “Placa roja”.
Yo recuerdo que en un número de Puro Cuento, la revista de Mempo Giardinelli, en un artículo que trata de los autores modernistas argentinos, hay un cuento de Belisario Roldán, pero no tuve tiempo de buscarlo. Lo que recordé, cuando Hugo contó que este autor participó en la escritura de un primitivo filme nacional, llamado “El conde Orsini”, fue una de las primeras novelas de... un importante novelista y mitólogo inglés, que alguna vez recibió a Borges en su casa de Mallorca, admirado también por Dolina, autor de una obra ya clásica que la televisión británica transformó en miniserie allá en los 70, autor no leído todavía en Párrafus... autor de “El conde Belisario”.

A propósito del programa del miércoles, me queda pendiente una Entrada que se titularía “¡Ahora también canta!”. Se me ocurrió cuando escuché, durante la lectura de la obra de Roldán, la breve copla allí incluída, que el Hugo de Carlos Tejedor cantó con su entonación más campera. Pero no pude desarrollarla por ahora.

Y de James M. Cain, menos para decir todavía. Me gustó “El cartero llama dos veces” (igual que “El estafador”, incluido en el mismo volumen de El Club del Misterio que fue el premio para Verónica), leí además un par de cuentos en antologías de la serie negra, que también me gustaron, pero no encontré nada destacable en el reportaje que Cain concedió poco antes de su muerte a la gente de The Paris Review of Books, publicado junto a otras entrevistas a escritores en varios volúmenes que acá editó El Ateneo.
Sin embargo, en el preámbulo a la entrevista (que releí hoy en casa), encontré algo que me hizo pensar que quizá, en algún momento, podría reemplazar a las palabras de Borges que se leen en la carátula de este Blog; si siguen siendo tan escasas las colaboracione, me dije.

“Pensando en aquellos que intentaban comunicarse por teléfono con él, Cain había mandado imprimir al pie de cada página de su papelería una frase que evocaba el espíritu tranquilo y solitario de sus últimos años: ‘Una estación es igual a la otra... Excepto yo, no hay nadie aquí’.”

Pero, volviendo de casa a lo de Cristina, pasé por un locutorio y vi las últimas Entradas de Quique Figueroa. Entonces, porque recuperamos a este amigo, dejé que se esfumaran las palabras de Cain –y no lo llamaré dos veces.

METALECTURA

Hoy, solamente algunas asociaciones de rango menor, equiparables a la numerología trucha -¿hay otra?- que practica en su programa uno de los competidores radiales de Párrafus.
La chica que empieza “La romana” con su primorosa descrpción, tiene 16 años –o evoca esa edad. Esa noche, interrumpí a los 16 segundos.
Roberto López Motta, ganador del miércoles, dijo que va por la victoria número 22. Belisario Roldán, el autor de esa noche, murió en 1922
(Sì, ya sé: 22 no es 1922, pero a los números –y a las interpretaciones- de Daniel Martínez, en radio del Plata, también se le ven las hilachas por todos lados.)

METALECTURA POSTERIOR

Despuès de publicar esta Entrada (sin este agregado), fui a la radio a retirar los libros -el mìo y el de mi compañero. Leyendo la contratapa del mìo ("La hermandad de las ballenas"), me entero de que el nombre del protagonista es Belisario.

No hay comentarios: