jueves, 11 de diciembre de 2008

¿Este es Goyen?


¿Este es Goyen? Disculpen mis prejuicios o chauvinismo, pero creo que preferiría a Manauta o a Diego Angelino –aunque no descarto leer al vasco-norteamericano si me regalaran su libro.
Copio de la Internet, como pocas veces hago, los dos textos que siguen (donde acabo de informarme) porque ofrecen un lindo contraste entre una visión panegírica –tal vez interesada- y otra –la de Pedrito Rey, viejo redactor de ‘El Porteño’- más indiferente y como hastiada. De esta última me gustó lo de “muchas particularidades pero poca singularidad”, que Rey aplica a la literatura norteamericana y yo, continuando con mi reciente diatriba antiblogs, extendería hacia los blogs personales.



LA MISMA SANGRE
de William Goyen
Editorial La Compañía, 2008
por Esther Cross

Hay escritores intocables y perfectos, que escriben textos admirables e imponentes. Y hay escritores que se sienten más cercanos y escriben de una manera –menos impecable- que los expone a errores y problemas. Con el tiempo, esos riesgos narrativos, ese fantasma de imperfección que no compite con la pericia blindada de otros autores, se convierte en una marca y es signo de una originalidad bienvenida. A este segundo grupo pertenece, sin duda, William Goyen.

Una tiene la impresión de que Goyen es el pariente raro de la familia narrativa norteamericana. Uno de esos parientes en que una reconoce la curva de la frente, el color de los ojos, la marca de la sangre, pero que son, al mismo tiempo, incómodos para la familia porque desde la perspectiva familiar son ovejas negras, son distintos, renegados, parias.

Miren lo que hace Goyen: se detiene en medio de las historias para preguntarse cosas del tipo de ¿cómo es posible que haya pasado algo así? o ¿cómo es posible que una persona siga viviendo si sufre tanto? Sus personajes, sus narradores, le hacen esa clase de planteos a la vida. Esas preguntas son la matriz de los cuentos de Goyen, la flecha que los guía al blanco del lector. ¿Cómo es posible que pasen ciertas cosas?, termina preguntándose una al leer cada uno de los cuentos. Qué raro y familiar que es todo en esta vida, siente una al leer esos cuentos –que ya la primera vez creemos releer porque Goyen tiene textos que brillan con esa cualidad propia de los clásicos.

Así es Goyen: hace preguntas en medio de un texto –y en esas preguntas el texto se detiene para tomar envión-, no le teme a los adjetivos, no le da vergüenza entonar –esa sería la palabra- la música de sus historias. No quiero que me saquen los adjetivos, dijo en una entrevista. Soy baladista, dijo en otra. En una época en que la mayoría de los escritores norteamericanos seguía las pautas de Hemingway, Goyen decía que para bien o para mal él no podía ni quería ser como Hemingway. Hemingway lo asustaba un poco. Hemingway, dijo, era como uno de esos brutos de Texas, que tanto lo habían aterrado en la infancia. Goyen ve la figura de un monstruo donde la mayoría de sus contemporáneos ve un padre.

En esos tiempos que Hobsbawm definió como la Era Dorada, cuando muchos escritores de su generación trabajaban una prosa a lo Scott Fitzegerald, Goyen avanzaba así, a contracorriente. Llegaba casi a jactarse de no haber tenido una vida tan sofisticada y de no escribir, entonces, de esa manera.

Cuando el tema de las parejas urbanas y las familias suburbanas daba pie a cuentos y novelas sin duda maravillosos, vean lo que decía Goyen: que los problemas y las infidelidades de las señoras de Nueva York y sus suburbios le parecían triviales en comparación con los problemas más fuertes de la gente de los estados del sur de los Estados Unidos. Gente simple, aclaraba, que esperaba el fin de todo y la salvación, porque eso les habían enseñado.

Goyen no termina de inscribirse en las tradiciones de su país. En una época en que Faulkner era una presencia casi hipnótica para los escritores del sur, Goyen escribía historias rodadas en el paisaje –distinto- de Texas. A Faulkner, el gótico sureño. A Goyen, lo que es de Goyen.

¿Qué tenía que ver ese escritor, que leía en voz alta la Biblia en las reuniones, con otros escritores, que escribían textos como pensados para un lector melancólico, para un lector que leía a la luz de una lámpara, con un vaso de whisky y un cigarrillo en la mano? Goyen escribía historias que dan ganas de leer en voz alta, porque fueron escritas casi en ritmos de folk o spiritual. Historias contadas por un narrador que se agota al declamar y cada tanto se detiene para tomar un trago de la botella de whisky que esconde bajo la cama. Historias para un lector que escucha, hipnotizado.

Porque –y nada es casual- ¿qué tienen que ver, después de todo, sus personajes con los personajes de los escritores de su generación? Los personajes de los escritores de su generación a veces mueren en accidentes y hospitales, y muchas veces se suicidan pero con el traje puesto y el camisón planchado. Los personajes de Goyen son perseguidos por la mala suerte y por el Ku Klux Klan, se matan tirándose a los pozos de agua, agonizan a los gritos. Los personajes de Goyen no cursan agonías civilizadas. Mueren por culpa de tiros filicidas y puñales fratricidas. Mientras que otros personajes viven, como pueden, sus dramas, los de Goyen asisten, asombrados, a su tragedia, a su destino.

Lo que decían de él. Goyen, el raro. Goyen, el amigo de Carson Mc Cullers. Goyen, el escritor que se atrevió a hacerle una crítica adversa a Desayuno en Tiffany´s. Goyen, que se casó con la actriz Doris Roberts. Goyen, que se embarcó en la escritura de una biografía de Jesús. Goyen, que escribió Arcadio: una novela que cuenta la historia de un hermafrodita (mitad hombre, mitad mujer y mitad de un país, mitad de otro), en un lenguaje inventado, en que dos idiomas juegan una extraña partida. Goyen, el escritor para quien no había nada mejor que poder entonar un elegante grito de desesperación. Elegante. Grito. Desesperación. Cada uno elige cuál es cuál.

El mundo de gran parte de los cuentos de Goyen es un mundo en que los indios conviven –la palabra es engañosa- con los blancos y los negros y los jóvenes y los viejos, con granjeros y con cowboys y familias enteras que migran por el país trasportadas en camiones. Es un mundo que no se parece a nada. Leer, traducir, comentar a Goyen, implica entrar en ese mundo. De nada sirve forzar su lectura para que se ajuste a un marco de referencia. Una puede reconocer sus filiaciones pero sólo para confirmar que es un autor incomparable.



Los tesoros dorados del relato
Sábado 19 de abril de 2008 / ADN Cultura, La Nación

Por Pedro B. Rey

La misma sangre y otros cuentos
Por william Goyen
La compañía/Trad.: Esther Cross/152 páginas/$ 45

Como Glenway Wescott, como Hubert Selby Jr., William Goyen (1915-1983) tuvo uno de esos inicios literarios fulgurantes que, poco a poco, fueron siendo opacados por algo que podría denominarse terquedad estética. En los años cincuenta, el escritor, originario de Texas, fue vinculado a un virtuoso más joven proveniente de Louisiana: Truman Capote. La comparación surgió por el aire de familia existente entre La casa del aliento (1950), la primera novela de Goyen, y Otras voces, otros ámbitos (1948). Los dos escritores fueron amigos hasta que las envidias los distanciaron. Algo similar ocurrió con sus obras: Capote fue mutando de libro en libro; Goyen, por el contrario, se mantuvo fiel a las coordenadas de aquel imaginario y fue exacerbando un estilo.

La misma sangre agrupa una decena de relatos escritos en distintas etapas de su carrera. Goyen suele ser emparentado, por pura inercia, con los representantes del gótico sureño, un linaje que parte de William Faulkner, pasa por Carson McCullers y llega, en la actualidad, a Cormac McCarthy. El espejismo se debe a la recurrencia a criaturas excéntricas, al peso de los ritos de un mundo que se extingue, a la percepción casi panteísta de los fenómenos naturales. Como en Las palmeras salvajes , de Faulkner, hay una inundación apocalíptica; como en Meridiano de sangre , de McCarthy, se va en busca de coyotes. Los rasgos diferenciales de Goyen son, sin embargo, de fácil detección. Al barroquismo estilístico lo sucede una prosa lírica en la que la letanía religiosa sugiere una confianza trascendental ausente en los otros autores. Hay algo de santidad en el tono casi oral de Goyen. "Preciada puerta", el cuento que abre el volumen, está signado por una continua amenaza: un padre y un hijo recogen a un muchacho apuñalado antes de que se inicie una brutal tormenta. En plena debacle, el hermano del herido aparece bajo la lluvia para llevárselo hacia una apocalíptica redención. "La canasta", "La misma sangre", "Zamour, historia de una herencia", "El coyote" componen sobre el tapiz figuras que resaltan los vínculos -siempre anómalos- en los aislados microcosmos familiares. En una colección en que abundan las miniaturas maestras, "Si tuviera cien bocas" se destaca por la concentración de motivos. Un tío comienza a contarles a dos primos de ocho y once años una historia que -contra toda expectativa- no es apta para menores. El poder del relato no está solo en las atroces circunstancias del secreto revelado (que incluye violaciones, la presencia cotidiana del Ku Klux Klan, el más impiadoso de los linchamientos), sino en su propia carencia de forma tradicional. La reflexión del mayor de los primos, en ese cuento, podría considerarse una ética del relato: "Eso era lo que él tendría que buscar, las manzanas de oro que buscó Hércules [...], quien cargó el mundo, por un tiempo, sobre sus hombros para que Atlas, que sabía dónde estaban los tesoros dorados, pudiera ir a buscarlos y traerlos". El escritor es el que sostiene ese mundo; los que acarrean los tesoros son las voces de los propios personajes.

El resto de los relatos, más breves, muestran el desarrollo de una poética transformada en ritmo. En el formidable "Puente de música, río de arena", por ejemplo, se entreve una escena que (como en "Angel", de Harold Brodkey) podría haber sucedido o no, pero permite un sinnúmero de interpretaciones.

Pocas literaturas tan proclives como la estadounidense para promover los particularismos y postergar las singularidades. El extrañamiento de Goyen respecto de su país fue acentuándose cada vez más hasta llegar a Arcadio (1983). En esa novela póstuma, lejos del férreo dogma argumental, la narración está a cargo de una voz hermafrodita. Esa voz tal vez sea la mejor síntesis para un escritor que es profundamente norteamericano y, al mismo tiempo, de ningún lugar.

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