martes, 19 de febrero de 2008

Los otros Parrafistas VI

"Sin Brod, hoy no conoceríamos siquiera el nombre de Kafka. Inmediatamente después de la muerte de su amigo, Brod hizo que se publicaran sus tres novelas. Sin resonancia alguna. Comprendió entonces que para imponer la obra de Kafka tenía que iniciar una verdadera y larga guerra. Imponer una obra quiere decir presentarla, interpretarla. Fue por parte de Brod una verdadera ofensiva de artillero. Los prólogos para "El proceso" (1925), para "El castillo" (1926), para "América" (1927), para "Descripción de un combate" (1936), para el diario y las cartas (1937), para las narraciones cortas (1946); luego, para las "Conversaciones con Janouch" (1952); más tarde, las dramatizaciones de "El castillo" (1953) y de "América" (1957); pero, sobre todo, cuatro importantes libros de interpretación (¡fijensé bien en los títulos!): "Franz Kafka, biografía (1937), "La fé y la enseñanza de Franz Kafka" (1946), "Franz Kafka, el que indica el camino" y "La desesperación y la salvación en la obra de Franz Kafka" (1959).
(...)
Max Brod creó la imagen de Kafka y la de su obra; creó al mismo tiempo la kafkología. A los kafkólogos les gusta cuestionar ruidosamente a su padre, si bien jamás abandonan el terreno que este severamente les delimitó. Pese a la cantidad astronómica de sus textos, la kafkología desarrolla siempre, en infinitas variantes, el mismo discurso, la misma especulación que, cada vez más independiente de la obra de Kafka, no se nutre sino de sí misma.
(...)
Brod eliminó de los diarios no solo las alusiones a las putas sino todo lo referente a la sexualidad. La kafkología ha formulado siempre dudas acerca de la virilidad de su autor y se complace discurriendo sobre la tortura de su impotencia. Así, desde hace mucho tiempo, Kafka se ha convertido en el santo patrono de los neuróticos, los deprimidos, los anoréxicos, los enclenques, los retorcidos, las preciosas ridículas y los histéricos (en Orson Welles, K. aúlla histéricamente, cuando las novelas de Kafka son las menos histéricas de toda la historia de la literatura).
Los biógrafos no conocen la íntima vida sexual de sus esposas, pero creen conocer la de Stendhal o la de Faulkner. Sobre la de Kafka me atrevo a decir solo lo siguiente: la vida erótica (no demasiado cómoda) de su época se parecía poco a la nuestra; las muchachas de entonces no hacían el amor antes del matrimonio; a un soltero le quedaban solo dos posibilidades: las mujeres casadas de buena familia o las mujeres fáciles de las clases inferiores: vendedoras, críadas y, naturalmente, prostitutas.
(...)
La joya erótica de "América" es Brunelda. Fascinó a Federico Fellini. Desde hace mucho tiempo, sueña con hacer de "América" una película y, en "Intervista", nos hace asistir a la escena del castinh para esa película soñada; se presentan varias candidatas, increibles para el papel de Brunelda, elegidas por Fellini con el exuberante placer que le conocemos. (Pero, insisto: este exuberante placer era también el de Kafka. ¡Pues Kafka no sufrió por nosotros! ¡Se divirtió por nosotros!)"

("La sombra castradora de san Garta", artículo de Milan Kundera aparecido en el suplemento Cultura y Nación, del diario Clarín, el 28 de noviembre de 1991)

Kundera, Parrafista 77, 3 de octubre de 2006 – Kafka, Parrafista 71, 19 de setiembre de 2006

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